Así te persigue un misil.

¿Cómo lo hace una máquina para perseguirte con la furia gélida de los robots?


Un UAV georgiano Hermes 450 de fabricación israelí graba el instante en que fue derribado por un caza ruso MiG-29,
el 20 de abril de 2008, durante los prolegómenos de la última guerra entre ambos países.
El derribo, probablemente con un misil R-73 «Arquero», se produjo frente a la costa de la disputada Abjasia.
Ministerio del Interior de Georgia, Reuters

El bífaz Excalibur, hallado en la sima de Atapuerca.

El bífaz Excalibur, un hacha de 400.000 años de antigüedad hallada en Atapuerca. ¿Una ofrenda, un utensilio, un arma...? En todo caso, una herramienta.

A ojos extraterrestres, probablemente el rasgo más distintivo de la especie humana con respecto a los demás animales sería nuestra capacidad para construir herramientas. Somos mucho más capaces de construir herramientas –materiales e intelectuales– que cualquier otro de los terrestres, y encima sabemos utilizarlas para crear herramientas aún más complejas, en una carrera sin fin llamada tecnología. La historia de la humanidad es, sobre todo, la historia de su tecnología y del conocimiento acertado o equivocado que hay detrás: la filosofía, la religión, la ciencia.

Desde el principio, aplicamos esta capacidad a la construcción de armamento. Como cualquier otra especie biológica, la gente humana necesitamos cazar, defendernos, atacar. En esto no nos diferenciamos en absoluto de los demás vivientes: la violencia forma parte sustancial de nuestra naturaleza. Eso no es ni bueno ni malo; simplemente, es. Toda la historia de la civilización es la historia de cómo aprendimos a ir contra natura; a limitar, articular e incluso suprimir nuestra naturaleza en favor de un bien percibido mayor –la colectividad, el progreso, la justicia, la ley, el orden social, la prosperidad–, que a su vez forman parte de estas herramientas intelectuales con las que sabemos dotarnos.

Así, los actos de violencia adquieren en las sociedades humanas una dualidad extraña. Matar por razones individuales, egoístas, se convierte en un crimen: el homicidio, el asesinato. Matar por razones colectivas –la tribu, la nación, la religión, la clase, la política, la ley– pasa a ser un acto de heroísmo. El mismo individuo al que las turbas gritan «¡asesino!» durante su camino al juzgado para ser condenado por matar a veinte personas es llamado «héroe» durante el desfile de la victoria, por esas mismas masas, si sus veinte víctimas pertenecían al enemigo. Por lo que hoy es un espantoso crimen, mañana dan medallas. En ausencia de una ética universal, los actos humanos carecen de sentido y de valor moral por sí mismos: todo depende del contexto, de la ética local, de la narrativa, de la propaganda.

De este modo los creadores de armas nuevas –herramientas nuevas para la violencia– se suelen considerar geniales y magníficos cuando son de los nuestros o pérfidos y diabólicos cuando son de los ellos. Esto se observa desde que existen registros escritos, y sigue viéndose en la actualidad sin cambio alguno; por ejemplo, en las condenas a los países que intentan crear armas de destrucción masiva… por parte de países que poseen decenas de miles de armas de destrucción masiva. El argumento es siempre igual: lo nuestro está justificado (por nuestro contexto, nuestra ética local, nuestra narrativa, nuestra propaganda); lo de ellos no. Y viceversa, claro.

Siendo un poco más eclécticos, se comprende que el afán de crear armas nuevas capaces de aportarnos una ventaja decisiva contra ellos ha sido una constante en todas las sociedades humanas. Con alguna perspectiva histórica, la verdad es que a estas alturas nos importan bien poco los valores que defendía el bífaz Excalibur de Atapuerca, suponiendo que defendiese alguno. Los viejos lamentos de que la reintroducción de la ballesta en Occidente iba a acabar con la nobleza medieval, al permitir al plebeyo infante perforar la coraza del caballero montado, se nos antojan hoy anticuados y hasta risibles; entre otras cosas, porque los valores de la aristocracia feudal –que la ballesta, en efecto, contribuyó a destruir– ya no nos parecen dignos de mantener. Y qué decir de la pólvora. O la dinamita. O la industrialización de la guerra, que nos llevó al concepto moderno de guerra total. La historia de las armas es la historia de la tecnología, de la ciencia y del pensamiento de las sociedades que las crearon.

La literatura está llena de referencias a toda clase de anheladas armas mágicas a caballo entre la religión, la ciencia, la filosofía y la leyenda. Por ejemplo, las distintas espadas con nombre propio capaces de derrotar a incontables ellos: Tizona, Colada, Zulfiqar, Durandarte, Kladenets, Taming Sari, Kusanagi, la Excalibur artúrica. O las defensas mitológicas: Égida, Svalinn, los escudos de Ajax y Lancelot, el baño de Aquiles en el río Estigia. Y, por supuesto, lanzas y flechas que jamás fallaban su blanco: Gungnir, Gandiva, Gáe Bulga, el arco de Hércules. Inevitablemente fue la ciencia, y su hija la tecnología, quienes terminaron por crearlas. O al menos, cosas parecidas.

Soldados alemanes preparan un misil de crucero V-1 para su lanzamiento. Deutsches Bundesarchiv.

Soldados alemanes preparan una "bomba volante" o misil de crucero V-1 para su lanzamiento. Probablemente la V-1 nazi fue el primer misil operacional verdadero de la historia. Deutsches Bundesarchiv.

La flecha que nunca falla. O eso se pretende.

La idea de crear una especie de flecha capaz de perseguir a su blanco por sí sola habría puesto sin duda los ojos como platos a cualquier guerrero antiguo. Si además le hubiéramos contado que esa flecha se propulsaría a sí misma y destruiría el más grande de los barcos, la más resistente de las murallas y la más impresionante máquina bélica de ellos en un destello de fuego deslumbrador, o nos habría tomado por locos o nos habría pedido que siguiéramos contándole esa leyenda tan chula. Durante milenios, lo más parecido que tuvo la humanidad a un arma autoguiada fueron los perros de caza y combate y otros animales de uso militar.

Las primeras armas capaces de guiarse a sí mismas aparecieron durante la Primera Guerra Mundial. Se trataba, básicamente, de complicados mecanismos de relojería capaces de hacer que un avión o torpedo describiese una trayectoria prefijada antes de precipitarse sobre su blanco. Entre estos intentos primitivos se cuentan el torpedo volante del inventor estadounidense del piloto automático Lawrence Sperry, el Kettering Bug de este mismo país –a caballo entre lo que hoy en día llamaríamos un misil de crucero y un UAV– o los blancos aéreos británicos guiados por radio. Parece que los alemanes también intentaron alguna clase de torpedo guiado para su lanzamiento desde zepelines.

Durante el periodo de entreguerras fueron surgiendo conceptos cada vez más sofisticados, pero aún insuficientes para ser tomados seriamente en consideración por los militares. Entre estos se encuentran el Larynx británico y el GIRD-06 soviético de Sergei Korolev, que además de un autopiloto giroscópico incorporaba ya un pequeño cohete como impulsor. Pero no fue hasta mediados de la Segunda Guerra Mundial cuando las armas autopropulsadas y autoguiadas encontraron definitivamente su camino al frente de batalla. Sucedió en 1943, de modo casi simultáneo, con el torpedo alemán G7e/T4 Falke y el Mark 24 FIDO estadounidense. Ambos seguían el ruido subacuático emitido por sus blancos –buques y submarinos– y se demostraron tan eficaces que ya no hubo marcha atrás. Al año siguiente, 1944, la Alemania nazi ponía en servicio el primer misil de crucero real: la V-1. Y en septiembre de ese mismo año, el primer misil balístico eficaz: la V-2.

Tanto la V-1 como la V-2 utilizaban pilotos automáticos para alcanzar un punto determinado del territorio enemigo, por lo que no seguían al blanco, sino que atacaban objetivos estáticos (los misiles de crucero y los ICBM actuales siguen haciendo exactamente lo mismo, si bien con ayudas mejoradas a la navegación y mucha mayor precisión y eficacia). Su enorme visibilidad hizo que otros inventos alemanes capaces de perseguir a su blanco pasaran bastante desapercibidos en el imaginario colectivo. Así, pocos recuerdan al Fritz X, que hundió al acorazado Roma –buque insignia de la flota italiana– cuando ya se estaba pasando a los aliados; sin embargo, el Fritz X era un arma de telecomando, que seguía a su blanco gracias a las acciones de un operador humano, no de un sistema de guía autónomo.

Corbeta Komar disparando un misil P-15 Termit (SS-N-2 Styx).

Durante la Guerra de los Seis Días, el 21 de octubre de 1967, la Armada Egipcia hundió al destructor israelí Eilat con tres misiles P-15 Termit (SS-N-2 Styx). El lanzamiento fue realizado por dos corbetas Komar, sin salir del puerto de Port Said, a 17 millas de distancia. Fue la primera vez en que un buque resultaba hundido por misiles completamente autopropulsados y autoguiados, cambiando así la historia de la guerra naval. En la imagen, una corbeta Komar lanza un misil P-15 Termit. (Mały okręt rakietowy, Wydawnictwo MON, Varsovia, 1974)

El Ruhrstal X-4, que no llegó a entrar en servicio, pretendía derribar bombarderos también bajo el comando de un ser humano. Lo mismo cabe decir del Hs 293, que consiguió algunos éxitos antes de que los aliados aprendieran a interferir la señal de telecomando. Los antiaéreos Wasserfall y Feuerlilie también eran teleguiados, no autoguiados; ninguno de los dos estaba terminado cuando acabó la guerra. Más interesante resulta el Enzian. Aunque aún telecomandado, iba provisto con una guía final infrarroja denominada Madrid que dependía igualmente de la acción humana pero ya empezaba a apuntar hacia el futuro. Ninguno de todos estos conceptos llegó a tiempo para tener una influencia significativa en la Segunda Guerra Mundial.

Resulta difícil decir cuál fue el primer misil moderno verdadero, pues fueron el resultado de una evolución progresiva durante la Guerra Fría. También depende del tipo de misil del que hablemos. Se puede afirmar que la V-2 alemana ya era un misil balístico moderno verdadero; aunque le faltaban algunas características de los actuales (etapas y cabezas múltiples, guía astroinercial…), ya «hacía lo que tenía que hacer» y era dispara-y-olvida por completo. En sentido estricto, la V-1 también entraría en esta clasificación, como misil de crucero. Entre los misiles aire-aire, probablemente el honor corresponda a alguna versión del estadounidense AIM-9 Sidewinder.

Los tierra-aire, en cambio, tardaron más en desprenderse del telecomando humano; sistemas legendarios de la Guerra Fría como el SA-2 soviético o los Nike norteamericanos dependían por completo de sus operadores. Incluso las primeras versiones del S-300 y el Patriot utilizaban teleguiado parcial, que sigue usándose actualmente en algunos modos de operación. La mayor parte de misiles genéricamente llamados antitanque, contra blancos móviles terrestres, siguen dependiendo de algún sistema de puntería manejado por una persona. Los antibuque, en cambio, se independizaron desde por lo menos el P-15 Termit soviético (SS-N-2 Styx, en denominación OTAN). Y entre los aire-superficie hubo y hay una diversidad de soluciones, dependiendo de su función exacta. Veámoslo.

Misilística básica.

En sus idiomas originales –francés e inglés– la palabra missile viene del latín missilis («lanzable») y puede referirse a cualquier proyectil, incluso una piedra, arrojado deliberadamente o no. Sin embargo, hoy en día decimos que un misil es un tipo de arma aeroespacial autopropulsada y autoguiada. Así, se distinguen de los torpedos guiados (que no son aeroespaciales, sino submarinos), de las bombas guiadas o inteligentes (que carecen de propulsión autónoma), de los cohetes no guiados (artillería de cohetes, cohetes sin guía como los RPG, los LAW, los Zuni o las series S rusas) y de los lanzadores espaciales (aeroespaciales, autopropulsados y autoguiados, pero no armas en sí mismos).

Por centrar el post, vamos a estudiar los misiles que son capaces de seguir autónomamente a un blanco. Es decir, eso de las pelis: apuntas a algo, le lanzas un misil y te olvidas mientras el otro tipo hace lo que puede por evitarlo. ¿De qué manera puede una máquina perseguir a su oponente cual Terminator con trastorno obsesivo-compulsivo? Bien: todas ellas lo hacen husmeando sus emisiones.

Todo lo que existe, emite. Y además, emite radiación electromagnética. Tu cuerpo, por ejemplo, emite calor debido a sus procesos metabólicos; es decir, radiación térmica, en la banda del infrarrojo. También refleja la luz visible procedente del sol, la luna, las estrellas o cualquier fuente de iluminación artificial. Por eso se nos puede ver: los ojos son receptores de radiación electromagnética en la banda de la luz visible. Esta es, de hecho, la manera más antigua de localizar al enemigo utilizada por la humanidad: verlo.

Guía Avtomatika L-112E para el misil anti-radiación ruso Kh-31P (MAKS 2009).

Guía Avtomatika L-112E para el misil anti-radiación ruso Kh-31P de 1988. Actualmente han sido reemplazadas por las L-130. (MAKS 2009)

Empecemos con uno de los conceptos más fáciles: el misil anti-radiación. Los misiles anti-radiación se usan para atacar objetivos que están emitiendo voluntariamente, como los radares o los transmisores de radio y radiotelefonía. Los ejércitos modernos y las sociedades modernas en general dependen de una montaña de emisiones, desde los grandes radares de alerta temprana hasta los teléfonos móviles. Y todo lo que emite se delata a sí mismo. Usando tecnología similar a la de tu oponente, tú puedes detectar una emisora enemiga como mínimo al doble de distancia a la que esa emisora es eficaz, y por lo tanto atacarla desde el doble de distancia si tienes un arma con ese alcance. ¿Cómo puede ser esto?

Veámoslo con un ejemplo sencillo. Supongamos que tú vienes en un avión a atacarme a mí y yo quiero detectarte con un radar; ambos tenemos un nivel tecnológico similar. Yo enciendo mi radar, tú vienes hacia mí. Como las señales de radio (el radar usa señales de radio) reducen su intensidad con el cuadrado de la distancia, al principio estamos demasiado lejos y la señal pierde potencia hasta el punto en que no puede excitar un receptor a ninguno de los dos lados: ninguno detecta al otro. Tú sigues acercándote. A una distancia dada, mi señal mantiene intensidad suficiente para excitar los receptores que llevas a bordo: tú acabas de detectarme a mí. Pero la señal aún tiene que rebotar sobre ti y hacer el viaje de vuelta hasta mi radar, con lo que pierde demasiada intensidad durante el retorno y sigo sin detectarte: tú me estás detectando a mí, yo no te estoy detectando a ti. Me estoy delatando yo solito y tú puedes utilizar técnicas de radiogoniometría para ubicarme con gran precisión, y yo aún no te veo. Tendrás que acercarte mucho más, al menos a la mitad de distancia, para que mi señal rebote sobre ti y vuelva a mi radar con la intensidad suficiente para excitar mis receptores: sólo entonces te detectaré. Mientras te mantengas en la «segunda mitad» de la distancia que nos separaba en el momento en que me detectaste por primera vez, estás a salvo por completo salvo que mis receptores fueran mucho más sensibles que los tuyos.

Con receptores iguales, un blanco puede detectar al radar antes de que el radar lo detecte a él.

El cazador cazado: con receptores iguales, un blanco puede descubrir al radar antes de que el radar lo descubra a él. Teóricamente, aplicando la ley del inverso del cuadrado, al doble de distancia exacta. El blanco puede aprovechar esa diferencia para atacar al radar desde una distancia de seguridad donde no está siendo detectado. Si el avión encendiera su radar, perdería esta ventaja de inmediato. (Clic para ampliar)

Misil antirradiación estadounidense AGM-88 HARM.

Misil antirradiación estadounidense AGM-88 HARM, aire-superficie. La Fuerza Aérea Española equipa estos proyectiles con los cazabombarderos EF-18.

Evidentemente, desde esa «segunda mitad» de distancia puedes dispararme un arma con toda la tranquilidad del mundo. Y yo seguiré sin detectarte. Lo primero que veré de ti será… tu misil, directamente hacia mi posición. En un caso como este, decimos que mi radar está en modo activo (porque emite y recibe) mientras que tu avión está en modo pasivo (porque sólo recibe); mientras la cosa se mantenga así, tu avión tendrá una ventaja decisiva sobre mi radar.

Para ti, sería idóneo llevar ahora un misil anti-radiación de alcance suficiente para atacar mi radar sin entrar en su zona de detección. Un misil anti-radiación, en sus modelos más básicos, es un cohete con un receptor de radio que tiende a volar hacia el punto en que la radiación electromagnética (o sea, la emisión de radio o radar) es más intensa. Si siempre se dirige hacia el punto donde la radiación es más intensa, pues al final se encontrará… con la antena del radar, lógicamente. Bum.

Hay cosas que yo puedo hacer para evitar que tu misil anti-radiación me alcance. Por ejemplo, cambiar de frecuencia, a alguna que su receptor no logre captar. O simplemente apagar el radar unos minutos, con lo cual ya no podrá seguirme y se perderá. Debido a eso, los misiles anti-radiación modernos llevan receptores mejorados y sistemas de guía adicionales; por ejemplo, una segunda guía de tipo infrarrojo que «se enganche» al calor residual disipado por los equipos electrónicos del radar aún cuando ya esté apagado. E incluso un sencillo navegador inercial que mantenga la dirección de vuelo hacia las coordenadas donde detectó mayor emisión antes de que el radar se apagara.

Pero en términos generales, el ejemplo del misil anti-radiación nos sirve muy bien para entender el principio en el que se sustentan todos los misiles que persiguen al blanco: viajan hacia el punto donde la radiación característica emitida (o reflejada) por su objetivo es más intensa. Por simple teoría de campos, ese punto es el propio objetivo: un radar, una radio, un teléfono celular o satelitario, su estación base, cualquier cosa que emita de manera identificable.

El misil anti-radiación básico es también un buen ejemplo de un sistema de guía completamente pasivo. Esto es: la guía del misil no emite nada para localizar a su objetivo. Es el objetivo quien lo emite todo, delatándose así y ofreciéndole en bandeja una trayectoria al misil.

Misil anti-AWACS ruso R-37.

Misil aire-aire anti-AWACS ruso R-37. Fue desarrollado para destruir aviones-radar AWACS y otros C4ISTAR desde largas distancias (supuestamente hasta 400 km), tras detectar sus emisiones.

Quiero tu calor.

Este es el principio de funcionamiento de todos los misiles (y torpedos) provistos con guías pasivas: aprovechar una emisión inherente al blanco para localizarlo y perseguirlo. Desde el principio, se observó que las emisiones inherentes más interesantes desde el punto de vista militar eran el calor y el sonido. Todo lo que lleva un motor a bordo emite necesariamente calor y sonido; los equipos eléctricos y electrónicos también disipan calor.

Perfil de emisión térmica del MiG-27.

Perfil de emisión térmica de un avión táctico MiG-27 de 1975. La luz solar incidente es reflejada y re-emitida por la estructura y el material de la cabina, con intensidad dependiente de sus acabados. La parte posterior de la estructura, calentada por el motor, hace que el fuselaje trasero emita en banda de 4μ y la tobera en torno a 2μ. La "pluma" del reactor se expande y enfría detrás de la aeronave, absorbiendo algunas de las longitudes de onda más cortas emitidas por la tobera pero emitiendo en banda infrarroja más larga (de 4 a 8μ). La intensidad de la emisión viene generalmente definida por la temperatura, que a veinte metros detrás de la cola viene a ser de unos 100ºC sin posquemador y de 300ºC con posquemador. (Clic para ampliar)

Las ondas sonoras se transmiten mucho mejor en el agua que en el aire, y esa es la razón de que la mayor parte de los torpedos con guía pasiva se apoyen sobre todo en el sonido emitido por el blanco para alcanzarlo. La radiación térmica del calor, una forma de radiación electromagnética, se difunde mucho mejor por el aire que por el agua; y ese es el motivo de que un gran número de misiles aéreos aprovechen las emisiones infrarrojas del objetivo para atacarlo en el cielo o en la superficie. Casi todos los misiles pasivos aire-aire y una parte significativa de los aire-superficie utilizan guías infrarrojas para perseguir a sus blancos.

Las máquinas de volar son grandes emisores de radiación infrarroja. Un motor a reacción militar, por ejemplo, desprende mucho calor durante el vuelo; algunas partes del mismo alcanzan más de 1.000 ºC. A los ojos de una guía infrarroja, esto es un «destello en el cielo» casi tan brillante como el sol. Al igual que ocurre con los misiles anti-radiación en la banda de radio, un misil básico de guía infrarroja tiende a volar hacia la fuente de emisión electromagnética en la frecuencia infrarroja más intensa dentro de su cono de detección.

Uno de los trucos más antiguos para despistar a un misil de guía infrarroja fue posicionar tu avión contra el sol, de tal modo que el arma tendiese a buscar el punto más caliente (con más emisión térmica) del cielo: el astro rey. Así, el misil se olvidaba de tus reactores y se iba a perseguir un punto imposible del espacio exterior, quedándose sin energía rápidamente. En buena lógica, una de las primeras mejoras que se aplicaron a las guías infrarrojas de los misiles fue diseñarlas de tal modo que ignoraran al sol como fuente de radiación infrarroja.

Un misil aire-aire moderno de guía infrarroja pasiva está compuesto por cinco secciones principales. La sección de empuje es un motor-cohete de alta aceleración; los más avanzados disponen de tobera vectorizada para multiplicar su maniobrabilidad. La sección aerodinámica está compuesta por diversas aletas, canards y alerones móviles más sus mecanismos de control, encargadas de orientarlo constantemente en la dirección precisa; algunos disponen de desestabilizadores, con el propósito de incrementar la velocidad de reacción en maniobras ultrarrápidas. La cabeza explosiva consta de un cartucho detonante envuelto en metralla, normalmente provista con una espoleta de impacto convencional. También tenemos la espoleta de proximidad, que se encarga de hacer estallar la cabeza explosiva cuando no hay impacto directo, en el instante en que la distancia al blanco deja de reducirse. Y, por supuesto, el sistema de guía, con su sensor infrarrojo y toda la electrónica de control.

Esquema del misil aire-aire ruso R-73 (AA-11 Archer).

Esquema del misil aire-aire ruso con guía infrarroja pasiva todo-aspecto Vympel R-73 (llamado en Occidente AA-11 Arquero). La versión original de 1982 tenía 20 km de alcance, mientras que la más moderna R-73M2 es efectiva hasta a 40 km de distancia, con una velocidad de Mach 2.5; cada unidad cuesta entre 50.000 y 60.000 dólares (por el Sidewinder norteamericano, con 18 km de alcance, cobran $85.000). Este fue, probablemente, el misil empleado en el video que abre este post por el MiG-29 para derribar al UAV georgiano; los UAV, con su minúsculo motor a hélice, dejan una traza infrarroja muy débil y resulta conveniente acercarse para asegurar el tiro.

Buscador infrarrojo de un misil europeo Iris-T.

Buscador infrarrojo de un misil europeo Iris-T de 2005. Puede observarse el montaje en cárdan.

Los sensores infrarrojos modernos suelen ir montados en un cardán (gimbal) para incrementar su capacidad de detección fuera de eje (off-boresight). Así no es preciso que el misil o el avión lanzador estén apuntando en la dirección general del blanco todo el tiempo, sino que pueden desviarse para optimizar la aproximación o atacar desde un lateral o desde altitudes muy distintas. El R-73 original de 1982 tenía una capacidad off-boresight de 60º, el Sidewinder AIM-9X de 2003 la mejora a 90º y el R-73M2 llega hasta 120º. Esto les permite también mejorar su navegación proporcional, aumentando las posibilidades de derribar blancos en alcances extremos o ángulos difíciles.

Las guías infrarrojas del presente son también todo-aspecto. Antiguamente, la guía tenía que apuntar directamente a la fuente de calor para «engancharse» (blocar) adecuadamente al blanco; esto significaba que era preciso lanzar el misil desde un estrecho cono detrás del objetivo, donde la emisión térmica de sus motores resulta más intensa. Las actuales, mucho más sensibles, pueden ver el calor del blanco desde cualquier ángulo; esto permite, por ejemplo, disparos frontales de gran alcance o realizados durante fuertes maniobras donde el ángulo relativo al eje del blanco varía brutalmente. Para lograrlo, han sustituido los tradicionales sensores infrarrojos de sulfuro de plomo (PbS) por otros fabricados con antimoniuro de indio (InSb) o telururo de mercurio-cadmio (HgTeCd, MerCad), refrigerados con nitrógeno líquido u otros gases comprimidos. Junto a una aerodinámica y un cobertor frontal mejorados, que reducen el calentamiento del propio misil al acelerar a velocidades supersónicas, estos nuevos sensores les permiten ver señales más tenues y/o a mayor distancia.

La mejor manera de engañar a un misil de guía infrarroja es enfrentándolo a otras fuentes de calor que se confundan con las del blanco. Además del truco solar mencionado más arriba, la más clásica era instalar una rejilla desprendible en la tobera, que se separaba durante la aproximación de un misil mientras el avión realizaba un brusco viraje para salirse de su campo de búsqueda. Así, el misil tendía a seguir persiguiendo la rejilla caliente, en vez de al avión. Poco después llegaron las bengalas, que arden a miles de grados y por tanto ofrecen al buscador una fuente térmica mucho más intensa que el blanco.


Dos cargueros C-130 Hércules de la Fuerza Aérea Estadounidense disparan bengalas durante una exhibición,
con su característica forma de «alas de ángel».
El propósito de estas bengalas es ofrecer fuentes de calor alternativas a los misiles de guía infrarroja para confundirlos.

Los avances en las cabezas buscadoras infrarrojas han ido convirtiendo progresivamente estas defensas en obsoletas. Por ejemplo: los sensores antiguos eran monocromáticos, esto es, ajustados para ver en una sola frecuencia; típicamente en torno a la longitud de onda de 4,2 μm, correspondiente a la emisión característica del CO2 caliente a la salida de un reactor. Esto era relativamente sencillo de confundir con bengalas que emitían calor en una frecuencia muy parecida. Después aparecieron los sensores bicromáticos, que ven también en la longitud de onda entre 8 y 13 μm, donde la absorción del aire es menor y por tanto la radiación llega más lejos. En la actualidad, claro, ya los hay policromáticos: observan en estas dos bandas y en otras donde las bengalas responden peor, por lo que se distinguen mejor de los gases y el fuselaje caliente del blanco.

Contramedida infrarroja direccional AN/AAQ-24V Nemesis.

Contramedida infrarroja direccional (DRCM) AN/AAQ-24(V) "Nemesis" de Northrop Grumman, para inducir confusión en los misiles con guía infrarroja mediante el uso de señales direccionales láser. Se suele equipar en cargueros, aviones ligeros y helicópteros, especialmente frágiles a esta amenaza.

Otro problema tradicional con estas guías se producía al aproximarse al objetivo. Los buscadores antiguos utilizaban modulación por amplitud para determinar la posición angular del blanco con respecto a la del misil, y por tanto indicar a éste cuánto debía virar para echársele encima. Durante el tramo final, esta técnica daba problemas porque el mayor tamaño percibido del blanco provocaba una señal más fuerte, conduciendo a errores de cálculo que además podían utilizarse para engañar al proyectil con bruscas maniobras que cambiaban el aspecto del objetivo. Este problema se resolvió cambiando a frecuencia modulada, que permite discriminar correctamente la distancia sin dejarse confundir por el tamaño aparente.

En cuanto a la manera como el sensor busca, del barrido por giro se pasó al barrido cónico y hoy en día a la composición digital; en estas guías de última generación, el sensor es una especie de cámara CCD infrarroja-ultravioleta que compone constantemente un mapa tridimensional de la posición del misil y la de su blanco en el ordenador de a bordo del primero. El perfil de vuelo de un avión o un helicóptero es muy distinto al de una bengala, por lo que el misil puede distinguir entre ambos y atacar al correcto.

Más allá de las bengalas, existen perturbadores para inducir errores en el análisis de la señal infrarroja del misil. Estos sistemas, llamados genéricamente contramedidas infrarrojas o IRCM, constan de una fuente de radiación infrarroja modulada con una intensidad mayor que la de los motores y superficies del blanco. Esta señal de modulación alterada introduce confusión en la cabeza buscadora y puede provocar un desblocaje; entonces, es más probable que el misil vuelva a blocarse contra una de las bengalas que se disparan simultáneamente. El problema es que, si este truco no sale bien, la guía del misil tiene una fuente infrarroja inmejorable en la propia contramedida, típicamente fijada al objetivo. Los misiles modernos están diseñados para hacer un blocaje contra el perturbador (lock-on-jam) en cuanto detectan esto, conduciendo a un derribo prácticamente seguro.

DRCM Sukhogruz montada en la cola de un Sukhoi Su-25T.

Otra DRCM: la Sukhogruz, montada en la cola de un Sukhoi Su-25T.

Para mejorar esto se están creando nuevas contramedidas, las DRCM y CRCM, que utilizan a su vez un sensor infrarrojo para detectar el calor del misil en aproximación y un láser para inducirle directamente las señales espurias en el sensor. Y los diseñadores de guías infrarrojas para misiles disponen ya de nuevas técnicas con el propósito de suprimirlas e incluso aprovecharlas. En general, el más mínimo cambio o error puede transformar una de estas contramedidas por emisión (IRCM, DRCM, CRCM) en una estupenda baliza infrarroja que atraiga al misil con mucha más eficacia que si no se estuviera usando; por ello, el uso de estas contramedidas debe medirse cuidadosamente, caso por caso y situación por situación.

Guías activas.

Como hemos visto, las guías pasivas dependen de las emisiones inherentes al blanco para perseguirlo hasta su destrucción. Son extremadamente eficaces y, más importante todavía, no se delatan de ninguna manera hasta que ya están prácticamente encima del objetivo. Sin embargo, tienen sus limitaciones. Aunque resultan óptimas para atacar blancos que emiten intensamente (como un radar terrestre o áereo, tipo AWACS), presentan más problemas a la hora de perseguir objetivos que no emiten tan intensamente de manera natural. Por ello, los misiles infrarrojos más avanzados y de mayor alcance pueden atacar a un máximo de 40 km aproximadamente. A distancias superiores, las emisiones inherentes al blanco se disipan demasiado como para poderse detectar.

La solución resulta obvia: forzar al blanco a emitir con más intensidad o al menos de una manera que se pueda localizar a mayor distancia. Esto se consigue realizando nosotros una emisión que rebote en el blanco y retorne a nuestros receptores: el radar en el aire (aprovechando la mejor difusión aérea de las ondas electromagnéticas), el sonar bajo el agua (aprovechando la mejor difusión submarina de las ondas sonoras). Ya dijimos más arriba que todo lo que emite voluntariamente está en modo activo; y, en el momento en que lo hace, se puede detectar a su vez.

Componentes de un sistema antiaéreo ruso Almaz-Antey S-400.

Componentes de un sistema antiaéreo ruso Almaz-Antey S-400, que entró en servicio en 2007. De izquierda a derecha, vehículo de mando 55K6E, radar móvil de adquisición 96L6, radar móvil de tiro 92N2E y vehículo TEL lanzamisiles 5P85TE2. Además de este "set básico", hay otros componentes adicionales, entre ellos el radar pasivo ucranio Kolchuga. El S-400 podría atacar blancos hasta a 400 km de distancia con el misil hipersónico 40N6.

Los sistemas de telelocalización y seguimiento activos presentan una ventaja sustancial: yo controlo las características de la señal, lo que incrementa enormemente el alcance y precisión a largas distancias. Todas las guías pasivas tienen que pelearse con un montón de incertidumbres sobre la naturaleza del blanco y las señales que emite bajo una multitud de circunstancias distintas; por ello, sólo se aclaran bien a una distancia relativamente corta, donde esas señales llegan ya con mucha nitidez e intensidad. Usando un radar o un sonar, en cambio, obligo al objetivo a reflejar y re-emitir una señal conocida y bien determinada cuyas alteraciones puedo estudiar para mayor información.

Y la desventaja ya mencionada: todo sistema activo se delata a sí mismo al menos al doble de distancia de la que puede detectar y/o atacar. En el campo de batalla moderno, encender un radar (o cualquier otro transmisor) equivale a chillar: «¡estoy aquí!». En la actualidad existen los llamados radares de baja probabilidad de intercepción («radares furtivos»), como los que equipan el caza norteamericano F-22 Raptor (el AN/APG-77) o los antiaéreos rusos S-300PMU2 y S-400. Estos «radares furtivos» utilizan una diversidad de técnicas para reducir la posibilidad de que los detecten, localicen o ataquen, como el uso de onda continua con ancho espectral ampliado mediante rápidos saltos de frecuencia, reducir la potencia al mínimo imprescindible, usar un haz muy estrecho con gran control sobre los lóbulos laterales y posteriores o introducir los llamados radares pasivos (que no son un verdadero radar porque no emiten nada, pero pueden detectar señales emitidas por otros a grandes distancias).

Guía por radar activo del R-77 original.

Guía por radar activo del R-77 (RVV-AE, AA-12 Adder) original de 1994 (MAKS 2009).

Existen dos grandes categorías de misiles con guía radar: los activos y los semi-activos. Los misiles activos son del tipo «dispara y olvida» por completo: van provistos de su propio radar y lo usan para localizar y perseguir al blanco. Normalmente van equipados con un sistema adicional de navegación inercial, para recorrer partes de su trayectoria sin delatarse encendiendo el radar. Entre estos se encuentran algunos de los misiles más conocidos: los aire-aire de alcance medio AMRAAM y R-77 o antibuques como el Exocet,  el Harpoon o el Raduga Kh-15.

Estos misiles tan chulos y famosos tienen un problema: son pequeños. Más exactamente: sus antenas son pequeñas para que quepan en ese diámetro, y tampoco pueden cargar una enorme cantidad de electrónica, al menos en comparación con sus blancos. Por ello, cuando el «dispara y olvida» no resulta estrictamente necesario, se utilizan guías semiactivas. En una guía semiactiva, la señal principal es suministrada por un radar grande (un radar terrestre, naval o aéreo; por ejemplo, el radar del avión lanzador o un AWACS) y el misil se limita a captar el rebote y dirigirse hacia él. Así son, por ejemplo, los famosos antiaéreos Patriot y S-300/S-400. Ambos utilizan diversas combinaciones de modos semiactivos y activos; en la más básica, el misil es guiado hacia su blanco por una señal semiactiva emitida por sus potentes emisores terrestres  o áereos y usa su propio radar sólo para la aproximación final (homing).

La contramedida más antigua frente a este tipo de sensores es el chaff, ya utilizado contra los primeros radares, durante la Segunda Guerra Mundial. Sigue siendo sorprendentemente eficaz, y hasta los ICBM más avanzados lo incorporan tal cual o en forma gaseosa. Básicamente, se trata de cintas o hilillos metálicos que producen una miriada de rebotes en el radar, haciendo desaparecer la imagen en una neblina de incertidumbre. O, cuando se usa en un vehículo, generando un «segundo blanco» producido por los reflejos de la nube de chaff detrás del auténtico.

Casi setenta años después, sigue sin existir un método totalmente seguro para contrarrestar la eficacia del chaff. El más básico es medir la velocidad de los blancos detectados: la nube de chaff tiende a decelerar rápidamente detrás del blanco, lo que ayuda a distinguirla. Esto funciona bien con aviones pero mal con objetivos más lentos, como los barcos. Otro método consiste en hacer que el buscador del misil reaccione sólo ante las señales que proceden de un pequeño espacio alrededor del blanco, ignorando así el chaff que queda detrás; pero esto, además de reducir las capacidades todo-aspecto del buscador, se puede confundir utilizando lo que se llama un gate-stealer, que desplaza la señal rebotada por el blanco hacia la nube de chaff.

Este gate-stealer (¡es que no hay forma de traducirlo!) es una de las varias contramedidas posibles contra un misil guiado por radar. Casi todas ellas se basan en inducir señales falsas en el radar atacante y adolecen del mismo problema que ya vimos en los infrarrojos: cuando funcionan bien, funcionan muy bien; pero cuando funcionan mal, constituyen una emisión adicional que regala al misil un blanco perfecto (home-on-jam). Y, claro, no es posible predecir cuándo va a salir bien y cuándo va a salir mal.

En los años ’80 del pasado siglo, el misil francés Exocet se labró una fama curiosa atacando con éxito diversos buques civiles y militares; estos últimos iban equipados, obviamente, con numerosas contramedidas. Durante la Guerra de las Malvinas (1982), el destructor británico HMS Sheffield resultó destruido por uno de estos misiles y el HMS Glamorgan, gravemente dañado a manos de otro. También destruyeron al portacontenedores MV Atlantic Conveyor, cargado hasta las antenas con material militar, y los argentinos juran y perjuran que lograron al menos un impacto parcial en un portaaviones. Sea cierto esto último o no, el Exocet fue la única arma verdaderamente eficaz para la Argentina durante este conflicto. Tanto el Sheffield como el Glamorgan y los portaaviones estaban provistos con lanzadores de chaff, contramedidas electrónicas diversas y primitivos misiles anti-misil Sea Dart.

Durante la Guerra entre Irán e Iraq (1980-1988) Saddam era aún uno de nuestros chicos y estaba provisto con gran cantidad de armamento occidental. Sus misiles Exocet causaron una pesadilla en la navegación del Golfo Pérsico que vino a conocerse como la Guerra de los Petroleros; entre otros, hundieron al buque más grande jamás construido, un superpetrolero ULCC entonces llamado Seawise Giant. El 17 de mayo de 1987, un Mirage F1 iraquí –aparentemente por error– le endiñó dos de estos Exocets a la fragata estadounidense USS Stark, matando a 37 ocupantes. El gringo no se hundió por el sencillo hecho de que le arrearon bastante por encima de la línea de flotación y sus tripulantes lograron hacerse con los incendios y las vías de agua, pero el buque había quedado inutilizado por completo y la chapa y pintura costó 142 millones de dólares. La USS Stark iba provista con un sistema de defensa terminal Phalanx, un módulo de chaff y contramedidas automatizadas SRBOC, así como misiles Standard con posible uso marginal como defensa antimisil. Le sirvieron de lo mismo que al Sheffield y al Glamorgan: de nada.

La fragata estadounidense USS Stark escora tras ser alcanzada por dos misiles Exocet.

La fragata estadounidense USS Stark escora a babor tras ser alcanzada por dos misiles iraquíes Exocet de fabricación francesa, el 17 de mayo de 1987. (US Navy)

¿Cuál fue la clave del éxito del Exocet? Fácil: ninguno de sus blancos lo vio llegar. En todos los casos, el único preaviso fue un marinerito berreando despavorido aquello de «¡misil por babor!». Bueno, en todos no: el Glamorgan pudo detectarlo por radar en el último momento, lo que le permitió ejecutar un brusco viraje para ponerle la popa. Así, el Exocet sólo le atizó en el hangar de helicópteros, haciendo estallar al Westland Wessex que estaba dentro, provocando un fuerte incendio y matando a trece tripulantes. Pero logró alejarse, renqueando.

¿Cómo es posible que no lo vieran llegar? Bueno, es que el Exocet es un misil rozaolas (sea-skimming). Y, diga lo que diga la propaganda habitual, los misiles rozaolas eran y siguen siendo muy difíciles de detectar con tiempo suficiente para hacer algo. Es que la Tierra es curva, sabeusté. Cuando algo vuela a muy poca altitud, queda por debajo del horizonte según se ve desde su objetivo, y eso vale tanto para los ojos como para el radar. Al aproximarse por debajo del horizonte radar, el Exocet simplemente no es detectado hasta que está ya encima como quien dice. Y si ya está encima, como recitamos en román paladino, te queda el tiempo justo para besarte el trasero y decirle adiós.

Lo que nos conduce a la defensa más eficaz en guerra moderna: que no te vean, ve tú al enemigo antes que el enemigo a ti. Esto ha sido efectivo desde siempre, pero en la actualidad es ley e incumplirla se castiga con la muerte. Atrás quedaron los tiempos de andar buscándose las vueltas con clarines, trompetas y banderones. Si puedes ver al enemigo antes de que el enemigo te vea a ti, puedes dispararle antes de que te disparen a ti. Y si tu arma hace lo que tiene que hacer, es probable que ellos sólo la vean llegar cuando ya estén a punto de comérsela sin patatas ni nada.

Para que no te vean, lo más eficaz es mantenerse disimulado en el ruido de fondo hasta que llegue el momento de atacar. Con las tecnologías de detección contemporáneas, mantenerse oculto por completo resulta casi siempre muy difícil e incluso imposible. Pero un buen camuflaje, una buena maskirovka, puede obrar efectos asombrosos. Disimularse en el ruido suele ser mucho mejor que pretender absurdamente que no estás allí en absoluto. La otra alternativa es, obviamente, mantenerse a distancia suficiente e ir recopilando pacientemente la información necesaria para lanzar un buen ataque por sorpresa desde fuera del alcance del enemigo.

En general, la espada ha demostrado históricamente ser mucho más poderosa que el escudo. La espada elige arma, táctica, espacio y tiempo; el escudo tiene que permanecer ahí todo el rato, gastando energía y recursos, esperando a ver si viene alguien o no, siempre expuesto a discreta observación y análisis para hallar sus puntos débiles. Los misiles, la última evolución de la flecha o la lanza, se acoplan perfectamente a este papel de espada. La única defensa segura es inutilizarlos antes de que lleguen a atacar, o mantenerse lejos de su radio de acción. Una vez en el aire, resultan muy difíciles de detener y su efecto es devastador. Por eso y por lo que decía al principio, los veremos cada vez más, durante mucho tiempo más.


Ejercicios de tiro con antiaéreos S-300 (ca. año 2000).

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La bomba del juicio final.

Autoextinción humana.

En este blog ya te he contado cómo funciona un arma nuclear. Y un arma termonuclear. Y un misil balístico intercontinental. Y unas cuantas cosas más, como las posibilidades reales de los satélites espías, los aviones sin piloto o las armas láser. Hasta hemos hablado del HAARP y la bomba del arco iris, para acabar con la civilización moderna en menos de un segundo, aunque tenga poco que ver con las especulaciones de los conspiranoicos. ¿Qué nos falta? Bueno, pues aún nos faltan cosas, claro. En esto de aplicar el ingenio para joder al prójimo (en ambos sentidos del término, el bueno y el malo), los seres humanos hemos resultado ser un bicho excepcionalmente brillante.

Claro que, por otro lado, también fuimos capaces de erradicar la viruela y otras muchas enfermedades, realizar viajes interplanetarios, crear elementos nuevos, empezar a comprender el cosmos del que formamos parte y otras mil cosas que nos permitieron abandonar un pasado de mierda. Sí, los seres geniales siempre son así de contradictorios. Un delfín jamás construiría un Treblinka nazi, ni podría organizar a los jemeres rojos, ni perpetraría la colonización imperialista del Congo, ni funda tiranías teocráticas, ni se dota de dioses vengativos; pero tampoco es capaz de traer niñas pequeñas desde más allá de la muerte o preguntarse con quién más comparte la realidad. En suma, colectivamente y a pesar de todos los pesares, según mi personal opinión no nos ha ido del todo mal desde que echamos a andar por los caminos de la ciencia.

Leó Szilárd a los 18 años de edad.

Leó Szilárd a los 18 años de edad.

Hablando de seres muy geniales y muy contradictorios, permíteme presentarte al físico de origen húngaro Leó Szilárd, discípulo de Einstein y Von Laue. Hay distintas maneras de describir al doctor Szilárd, todas ellas a medio camino entre «el jodío genio» y «el puto amo», pero elevado al cubo y multiplicado por alguna potencia de diez. Resulta difícil sobreestimar su inteligencia, capacidad y visión de futuro. Entre sus aportaciones a la humanidad se cuentan el motor de Szilárd, el refrigerador por absorción y la reacción nuclear en cadena que abrió el paso a la Era Atómica. Junto con Enrico Fermi, es el inventor del reactor nuclear.

Desafortunadamente, sus creaciones también incluyen la bomba atómica (solicitó la patente en fecha tan temprana como 1934) y una hipotética bomba del juicio final capaz de acabar con la humanidad entera, que vamos a comentar en este post. A tenor de estas dos últimas invenciones se podría pensar que el doctor Szilárd, por muy genial que fuese, era también un pelín hideputa. Nada más lejos de la realidad. Leó Szilárd, un judío secular de ideas izquierdistas y esencialmente pacifista, estaba considerado por todos los que le conocieron como un tipo estupendo, una bellísima persona y un trabajador nato: la clase de hombre con el que cualquiera se iría a tomar cañas y no te importaría si le tirara los trastos a una hija tuya aunque fuese algo extravagante. Se decía sobre él que de tan bueno y cariñoso y currante y genial, casi daba miedo.

Aunque era el padre de la bomba atómica y el verdadero redactor de la carta de Einstein a Roosevelt para recomendar su construcción, fue también el impulsor de la carta de los 155 para pedir que no se usara contra poblaciones civiles, sino que se realizara una demostración disuasoria en lugar despoblado. Obviamente, en esto último no le hicieron ni caso. Persistente, fundó junto a gente como Einstein o Linus Pauling la primera organización pacifista y antinuclear del mundo: el Comité de Emergencia de los Científicos Atómicos. Más tarde, el Council for a Livable World. Y en cuanto llegó a la conclusión de que este nuevo tipo de armamento devastador había llegado para quedarse, no quiso tener nada más que ver en el asunto y cambió de profesión: se hizo biólogo molecular. Sí, hablamos de la clase de inteligencia que es capaz de saltar de la física atómica a la biología molecular como quien se cambia de pantalones y continuar realizando contribuciones valiosas.

¿Qué es lo que empuja a un tipo tan listo y tan majo para convertirse en el padre de las armas nucleares y en el teórico de la bomba del juicio final? Sencillo: el miedo. Además de todas estas capacidades, Szilárd era un brillante analista político que supo predecir el advenimiento de la Primera Guerra Mundial, el ascenso de los nazis al poder y su conquista de Europa. Esto le empujó, judío y rojillo como era, a residir en hoteles con la maleta siempre preparada. En 1933, el mismo año en que Hitler se convertía en canciller de Alemania, dijo aquello de «estos aquí no me pillan de pardillo» y se marchó a vivir en el Reino Unido para trabajar con Ernest Rutherford. En 1936, entregaba al Almirantazgo Británico la patente de la bomba atómica que poseía con el propósito de garantizar su secreto.

Alberto Einstein y Leo Szilard

Leó Szilárd con Albert Einstein.

Aún le debió parecer que no había puesto suficiente océano por medio entre su persona y el régimen de Herr Hitler. En 1938, un año antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial, aceptó una propuesta de la Universidad de Columbia y se mudó a Nueva York. Durante este proceso se fue encontrando con otros refugiados atómicos huídos de los nazis como Enrico Fermi, Edward Teller, Eugene Wigner, Lise Meitner, Hans Bethe o el propio Albert Einstein (y posteriormente con Niels Bohr): la más magnífica colección de cerebros reunida jamás, todos con un miedo y un enemigo común. Desde allí, Szilárd seguía con atención los avances alemanes en física nuclear hasta que éstos fueron clasificados. Entonces, temiendo que la Alemania nazi pudiera construir una bomba atómica y apoderarse del mundo con ella, sugirió a Einstein que firmara la cartita de marras a Roosevelt. El resto es historia.

Y, derrotados ya los nazis y sus aliados euroasiáticos excepto Franco, ¿a qué vino el puntito de la bomba del juicio final, postulada en febrero de 1950? Pues a una razón un poco más retorcida, pero también sustentada en el temor: observando cómo la Humanidad se deslizaba hacia una posible guerra nuclear, Szilárd quiso advertir a todo el mundo de los peligros de seguir semejante camino por el procedimiento de meterles el miedo en el cuerpo. Quiso decir que por esa vía íbamos propulsados a la autodestrucción de la humanidad, a la extinción, y que lograrlo de manera absoluta sería tan sencillo como… como esto:

Destrucción mutua asegurada por la vía de la extinción.

Lo que vino a decir Szilárd es que cualquier potencia nuclear sometida al terror absoluto de la devastación atómica, incluso ya derrotada, podía garantizar la destrucción mutua asegurada mediante una última y definitiva represalia total sin salir siquiera de su propio territorio por el expeditivo procedimiento de matar a todo el mundo literalmente; con lo que no tenía sentido intentar vencer en una guerra así, ni gastar recursos para prepararla, porque estaba empatada a cero de antemano. A población cero, quiero decir.

En aquellos momentos de principios de la Era Atómica, esta idea le parecía exageradísima a los políticos, a los militares y a buena parte de la sociedad. En 1950 faltaba casi una década para el desarrollo del primer misil balístico intercontinental, la URSS acababa de detonar su primera bomba nuclear, el número de núcleos explosivos en todo el mundo ascendía a unas pocas decenas y aún iba al colegio buena parte de la gente que se apuntaría entre sí con decenas de miles de cabezas termonucleares veinte o treinta años después. El invierno nuclear ni se sospechaba todavía. Por lo que respectaba a los presidentes y generales, las armas atómicas eran aún sólo una bomba gorda (en el sentido explosivo, pero también por su peso) que había que transportar trabajosamente hasta sus blancos con bombarderos emergidos de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, científicos de la talla de Szilárd ya preveían lo que se avecinaba y quisieron dar la alarma. Pero los políticos, militares, periodistas y el público estaban muy cegados con sus delirios atómicos de grandeza, poder, éxito y falsa seguridad.

Gráfico en la patente de la bomba atómica de Leó Szilárd

Gráfico en la patente original de Leó Szilárd para una cierta "bomba atómica" (1934)

Así que Szilárd quiso hacerles ver la realidad. Y el hombre tan bondadoso que daba miedo se sentó y pergeñó un arma capaz de exterminar a la especie humana entera con una sola explosión o un número muy reducido de explosiones en cualquier parte del mundo. Quizá así toda aquella gente poderosa se aviniera a razones. No podían estar tan locos, ¿no? Quizá la gente escucharía.

Incluso usando bombas termonucleares, por aquellos tiempos aún en el tablero de diseño, causar un daño directo a la Tierra tan grande que condujera a la extinción humana completa resultaba impracticable –y en gran medida sigue siéndolo, en ausencia de tecnologías de la antimateria y sin tener en cuenta el invierno nuclear o los efectos sinérgicos de una gran cantidad de detonaciones durante el transcurso de una guerra termonuclear a gran escala–. Así que Szilárd fue por otro camino: dado que todos los seres humanos dependemos de la estrecha franja vertical de aire respirable que rodea a la Tierra y los primeros metros de mar, si esta capa (y/o el suelo) resultara contaminada con dosis mortíferas de radiación por todo el globo durante el tiempo suficiente, entonces la bomba del juicio final sería posible. Tendría que ser una bomba sucia o, más técnicamente, un arma de radiación residual incrementada.

Sin embargo, esto resulta más fácil de decir que de hacer. Por un lado, no hay isótopos que sean al mismo tiempo muy radioactivos y muy duraderos: cuanto más activo es un isótopo, antes se consume. O, dicho más técnicamente, menor es su vida media y antes transmuta en otras cosas que no son radioactivas o son poco radioactivas. Por otro, cubrir cada kilómetro cuadrado de la Tierra con suficiente cantidad de isótopos radioactivos como para cargarse a todo bicho viviente requiere una notable cantidad de material. En consecuencia, esta sustancia aniquiladora no puede ser muy cara y el mecanismo de dispersión debe ser extremadamente eficaz. A favor juegan los vientos, que tienden a repartir la contaminación por todo el planeta, como podemos ver en estas simulaciones de 2007 que contemplan distintos escenarios de dispersión de los humos en una guerra nuclear tradicional:

Animación con la diseminación de 5 Tg de humos en caso de guerra nuclear entre India y Pakistán.

Animación con la diseminación de 5 Tg de humos en caso de guerra nuclear entre India y Pakistán, a partir de un 14 de mayo, utilizando todo su arsenal disponible en 2007. Realizada por Luke Oman, NASA, sobre las conclusiones del estudio de la Universidad de Colorado, la Universidad Rutgers y la Universidad de California en Los Angeles: Climatic Consequences of Regional Nuclear Conflicts (en Atmospheric Chemistry and Physics, 7, 2003–2012, 2007). El modelo computacional utilizado es el ModelE del Centro Goddard de la NASA. Esta diseminación provocaría fuertes alteraciones climáticas y problemas agrícolas pero probablemente no un invierno nuclear global.

Animación con la diseminación de 50 Tg de humos en caso de guerra nuclear entre EEUU y Rusia usando un tercio de su arsenal en 2007.

Animación con la diseminación de 50 Tg de humos en caso de guerra nuclear entre Estados Unidos y Rusia, a partir de un 14 de mayo, utilizando un tercio de su arsenal disponible en 2007. Realizada por Luke Oman, NASA, sobre las conclusiones del estudio de la Universidad John Hopkins y la Universidad Rutgers: Nuclear winter revisited with a modern climate model and current nuclear arsenals: Still catastrophic consequences (en Journal of Geophysical Research, Vol. 112:2007, D13107, doi:10.1029/2006JD008235.). El modelo computacional utilizado es el ModelE del Centro Goddard de la NASA. Esta diseminación provocaría con bastante probabilidad un invierno nuclear global.

Animación con la diseminación de 150 Tg de humos en caso de guerra nuclear entre EEUU y Rusia usando todo su arsenal en 2007.

Animación con la diseminación de 150 Tg de humos en caso de guerra nuclear entre Estados Unidos y Rusia, a partir de un 14 de mayo, utilizando todo su arsenal disponible en 2007. Realizada por Luke Oman, NASA, sobre las conclusiones del estudio de la Universidad John Hopkins y la Universidad Rutgers: Nuclear winter revisited with a modern climate model and current nuclear arsenals: Still catastrophic consequences (en Journal of Geophysical Research, Vol. 112:2007, D13107, doi:10.1029/2006JD008235.). El modelo computacional utilizado es el ModelE del Centro Goddard de la NASA. Esta diseminación provocaría con gran probabilidad un invierno nuclear global fuerte y prolongado.

Esta acción de los vientos es clave para el diseño de la bomba del juicio final: si se consigue propulsar a la alta atmósfera suficiente cantidad de material fuertemente irradiado y capaz de mantener la radioactividad durante un periodo prolongado, en vez de un invierno nuclear nos hallaríamos ante un verano radiológico… y muy calentito. Pero, ¿qué clase de material puede ser este? ¿Y cómo aseguraremos su diseminación de semejante modo?

Cobalto refinado electrolíticamente.

Cobalto natural (cobalto-59) refinado electrolíticamente, con una pureza del 99,9%. Mediante activación neutrónica se transforma en cobalto-60, un isótopo radioactivo con 5,26 años de vida media, potente emisor de radiación gamma.

La bomba-C.

Szilárd consideró varios isótopos posibles para su bomba del juicio final y finalmente se centró en cuatro: el cobalto-59, el oro-197, el tantalio-181 y el zinc-64. Para la propulsión, lo tuvo claro: una bomba termonuclear de alta potencia, muchos megatones, sobradamente capaz de proyectar el material a la estratosfera y más allá. Ninguno de todos estos isótopos es radioactivo en condiciones normales: se trata de elementos corrientes bajo su forma más normal en la naturaleza. El oro es raro y caro, así como el tantalio, pero zinc hay a patadas y el cobalto se extrae a razón de más de 50.000 toneladas anuales.

La idea radica en que, sometidos a la intensa radiación neutrónica generada por un explosivo termonuclear, estos cuatro elementos absorben un neutrón y pasan a convertirse –respectivamente– en cobalto-60, oro-198, tantalio-182 y zinc-65. Y, mi estimado lector, mi estimada lectora, eso no es la clase de cosa que quisieras ver en el aire que respiras. Los cuatro son inestables y virulentamente radioactivos. Si prescindimos del oro y el tantalio por caros, el zinc-65 tiene una vida media de 244 días y el cobalto-60, de cinco años y cuarto antes de que 1/e del material vuelva a estabilizarse.

Así pues, la bomba del juicio final de Leó Szilárd, el pacifista bondadoso, sería una bomba de cobalto. Existe un dispositivo médico para radioterapia llamado comúnmente bomba de cobalto, con gran utilidad en el tratamiento del cáncer. Sin embargo, la bomba de cobalto de Szilárd tiene poco que ver: sólo se parecen, de forma bastante paralela, en su mecanismo de acción a nivel nuclear. La cuestión en ambos casos es que el cobalto-60 emite dos rayos gamma para convertirse en níquel corriente, con una energía 320 veces superior a la del radio; y sigue haciéndolo durante mucho tiempo. En su potencial aplicación militar, asegura una notable cantidad de fuentes de radiación gamma repartiéndose por toda la atmósfera y permaneciendo en ella o en el suelo y el mar a lo largo de años.

Para que nos hagamos una idea: en una bomba termonuclear de fisión-fusión-fisión corriente, la contaminación producida por la funda exterior o el tamper interior de uranio-238 es muy intensa al principio pero decae rápidamente. Una hora después de la explosión de un arma termonuclear normal, la radiación emitida por los productos derivados del U-238 es 15.000 veces más intensa que la ocasionada por el cobalto-60. Una semana después, 35 veces más. Un mes después, cinco veces. A los seis meses, son iguales. Pero en un año la radiación generada por el cobalto-60 es ocho veces superior a la de los productos resultantes de la fisión del uranio-238, y a los cinco años, 150 veces más intensa. El cobalto asegura que la radiación producida por una explosión atómica perdurará durante tiempo prolongado. Toda vida expuesta a esta radiación irá deteriorándose y ocasionalmente mutando, en una especie de Hiroshima interminable que puede extenderse a lo largo de décadas antes de que la radioactividad retorne a cifras sensatas. Si se consigue cubrir todo el planeta con cobalto-60, las probabilidades de supervivencia para la especie humana son francamente limitadas: vendría a ser algo así como someter a toda la humanidad a radioterapia permanente.

Disposición especulativa de una carga del juicio final.

Disposición especulativa de una posible "carga del juicio final". 1.- Acceso / control. 2.- Operaciones / mantenimiento. 3.- Generador eléctrico autónomo. 4.- Controlador automático (posible "mano del hombre muerto"). 5.- Carga termonuclear de alta potencia. 6.- "Balsa" de cobalto. - Esta disposición provocaría también que, si alguien atacara la instalación con un arma nuclear, ocasionaría parcialmente el efecto que pretende evitar. (Clic para ampliar)

Dicen que Szilárd bautizó su creación como bomba-C. C, de cobalto. Estimó que, por el sencillo procedimiento de sustituir la funda de uranio por otra de cobalto en cuatrocientas de los miles de bombas atómicas que se llegarían a construir, bastaría para cepillarse a la humanidad entera. O, alternativamente, se podría construir un solo gran dispositivo en cualquier lugar. O unos pocos. Y se dedicó a hablar de ella abiertamente, incluso en la radio, buscando provocar la reflexión a través del temor.

Inmediatamente, surgieron partidarios del armamento nuclear tratando de demostrar que tal cosa no resultaba posible. James R. Arnold, del Instituto de Estudios Nucleares de Chicago, intentó rebatir su idea sacando los cálculos matemáticos para semejante arma de extinción… y concluyó que era posible, sin duda, con una masa de unas 110.000 toneladas de cobalto. Caro y poco practicable, pero no imposible. Otros estudios redujeron la cifra significativamente. En principio, para cubrir cada kilómetro cuadrado de la superficie terrestre con un gramo de cobalto-60, sólo se requieren 510 toneladas; pero esto supone una dispersión perfecta imposible de obtener. En algún punto entre las 510 y las 110.000 toneladas se encuentra la verdad. Si uno se conforma con asegurar el exterminio en un área determinada, o con hacerle la vida muy difícil al mundo entero aunque no llegue a ocasionar la extinción, la cantidad desciende mucho más. Utilizando cargas múltiples, la eficiencia en la dispersión aumenta enormemente.

Pero no fueron estos detractores conversos los que horrorizaron a Szilárd, sino descubrir que le estaban tomando en serio. El geoquímico nuclear Harrison Brown, que se había destacado aislando plutonio para el proyecto Manhattan, declaraba triunfalmente a quien le quisiera escuchar: «las potencias occidentales podrían hacer estallar bombas de hidrógeno-cobalto en una línea norte-sur sobre la longitud de Praga, que destruiría toda vida en una franja de mil quinientas millas de ancho, extendiéndose desde Leningrado a Odessa; y tres mil millas de profundidad, desde Praga hasta los Montes Urales. Este ataque producidía una tierra quemada sin precedentes en la historia.» Diversas autoridades políticas y militares comenzaron a ponerse en contacto con él para considerar las posibilidades de su nueva arma. La gente que tomaba las decisiones no sólo no se había asustado, sino que se estaban interesando en construir esas temibles bombas de cobalto. Quizás fue en este momento cuando el bueno de Leó, que ya era el padre de un arma devastadora y no quería serlo de dos, decidió abandonar definitivamente la física atómica –cosa que ya había empezado a hacer en 1947– y pasarse con armas y bagajes a la biología molecular. No le faltaron acusaciones de traidor, comunista, perroflauta y prosoviético por negarse a seguir desarrollando la bomba del juicio final.

Portacontenedores

Hasta la más poderosa de las armas termonucleares actuales cabe muy sobradamente en un contenedor estándar de 20 pies, con o sin tamper o funda de cobalto. Incrementar su capacidad contaminante sería tan sencillo como introducir más cobalto común en los contenedores de alrededor, sin ningún límite específico. Un arma así ni siquiera necesitaría entrar a puerto para provocar inmensa mortandad de alcance regional y graves problemas debido al arrastre de la contaminación por los vientos. Una tonelada de cobalto vale actualmente unos 33.000 euros; usando zinc en su lugar, el precio cae a aproximadamente 1.700 euros por tonelada.

¿Pero es realmente practicable?

Todos los indicios apuntan a que ni EEUU ni la URSS ni nadie más llegaron a construir realmente una de estas armas de hidrógeno-cobalto. Sin embargo, resulta evidente por sí mismo que no existe ningún motivo por el que no se pueda envolver un arma nuclear o termonuclear en una cantidad mayor o menor de cobalto común.

Se ha postulado recientemente de modo muy insistente la posibilidad de que un grupo terrorista pudiera optar por una bomba sucia, recurriendo a explosivos convencionales con residuos nucleares en vez de un arma atómica verdadera: esto no tendría ni una fracción del efecto de una bomba de cobalto y su alcance sería eminentemente local. La posibilidad de que un grupo terrorista consiga y opere un arma nuclear se ha demostrado francamente remota: son equipos tecnológicos complejos cuyas exigencias de mantenimiento y operación pegan mal con la naturaleza clandestina de estas organizaciones. En todo caso, una bomba del juicio final digna de tal nombre es asunto de estados modernos o entidades de similar poder y sofisticación.

¿Y por qué no la crearon? Básicamente, porque su utilidad militar es reducida y existen maneras más flexibles y selectivas de llevar la devastación total al enemigo sin necesidad de cargarse a media humanidad… o la humanidad entera.

¿Sería verdaderamente capaz de cargarse a la humanidad entera? Es difícil de decir. Con el suficiente cobalto, sí. ¿Pero cuánto es ese cobalto? Aparentemente, según los estudios mencionados más arriba, harían falta unas decenas de miles de toneladas. ¿Cuánta radiación hace falta para matarnos? También resulta complicado de asegurar. En general, se considera que una absorción de cuerpo entero superior a ocho grays es prácticamente letal, y una de treinta, mortífera con toda seguridad. Sin embargo, estos estudios contemplan una absorción puntual, en un solo episodio (una explosión, un accidente, etc.) del que normalmente somos rescatados y evacuados; por su parte, los pacientes de radioterapia pueden absorber fácilmente treinta grays en lugares localizados del organismo a lo largo de un tratamiento. En general, somos más resistentes a la radiación cuando la absorción se produce por partes (en episodios separados en el tiempo y/o en puntos determinados del cuerpo).

Diseño esquemático de una bomba de hidrógeno-cobalto

Diseño esquemático de una bomba termonuclear de hidrógeno-cobalto. Para entender el funcionamiento de un arma de esta clase, lee el post "Así funciona un arma termonuclear". (Clic para ampliar)

No parece haber mucha información pública disponible sobre los efectos de una irradiación sostenida en el tiempo como la que podría ocasionar una de estas bombas de cobalto. En principio la absorción se acumularía rápidamente, conduciendo a la muerte con celeridad. Sin embargo, los seres humanos también somos notablemente capaces en la habilidad de salir por patas, ponernos a cubierto y buscarnos la vida en condiciones extremas. Aunque la mortandad sería enorme y la calidad de vida empeoraría radicalmente (por no mencionar el nivel de vida, que se iría a paseo de hoy para mañana), tengo mis dudas de que no pudiera sobrevivir una fracción significativa de la especie humana a menos que la diseminación sea abismalmente alta (imprácticamente alta, de hecho). Si estas explosiones atómicas de hidrógeno-cobalto se produjeran durante el transcurso de una guerra nuclear, en combinación con el efecto invernadero provocado por la misma, entonces sí considero bastante probable que nos viésemos abocados a una situación Toba.

Como te digo, parece que al final la idea de Szilárd tuvo algún efecto parcial y este tipo de arma no se llegó a construir. Realmente, es que no tiene mucho sentido: a pesar de esas organizaciones extrañas que crean los guionistas para las pelis, no conozco ninguna idea política, doctrina económica o dogma religioso digno de mención que proponga el exterminio total de la especie humana (incluyendo el suicidio completo, claro). Militarmente, tampoco tiene demasiada lógica: los soldados quieren alcanzar la victoria y derrotar al enemigo, o en su caso disuadirle, no erradicar toda vida animal del planeta Tierra. En términos generales, todo el mundo tiene hijos, sobrinos, ahijados o a sí mismos; la mayoría de personas –incluidos quienes detentan algún cargo de poder– quiere dejar alguna clase de herencia positiva para el futuro a título individual o colectivo, sobre unas convicciones más acertadas o más equivocadas. Como Leó Szilárd, por ejemplo, el hombre bueno que inventó la manera de matarnos a todos. Y para eso, tiene que haber un futuro.

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