Ibéricos extraterrestres.

Ciencia hispánica (III)

Niña mirando por un telescopio.

Una niña mira por un telescopio durante una actividad cultural. Este tipo de telescopio, hoy en día considerado "amateur", es un instrumento muchas veces más potente y preciso que los utilizados por los grandes astrónomos que vamos a mencionar más abajo.

En el post anterior, dije que en ese momento sólo recordaba a un nacido en la Península Ibérica que diera nombre a un lugar extraterrestre: el del sabio andalusí y precursor de la aeronáutica Abbás ibn Firnás. Pero me quedé con el runrún y cuando un amable lector llamó mi atención sobre otro posible nombre (aunque al final no resultara ser oficial), decidí dejarme de recuerdos y hacer la búsqueda que debería haber hecho desde el principio: por supuesto, en el Diccionario Geográfico de Nomenclatura Planetaria de la Unión Astronómica Internacional, disponible en Internet gracias a un acuerdo con el Estudio Geológico de los Estados Unidos y la NASA. Y… bueno, no son muchos, pero algunos más hay. Menos da una piedra. Aunque sólo sea por vergüenza torera, intentaremos aprender algo sobre ellos.

¿Cómo se bautiza a los objetos astronómicos?

Además de sus designaciones sistemáticas (Bayer, Messier, NGC, etc), a las cosas notables del cielo les ponemos nombre. Más allá de los grandes objetos, que suelen bautizarse con denominaciones universales originadas en la mitología, quien descubre algo nuevo en los cielos tiene una especie de derecho consuetudinario a proponerle un nombre. Como es de esperar, a menudo estos nombres son el del descubridor o el de alguna persona, lugar o hecho que desee honrar y perpetuar en la memoria colectiva de la Humanidad.

En ambos casos, se produce un sesgo cultural inevitable: los nombres que tienen en mente esas personas suelen ser representativos de la cultura donde se encuentran. A veces hay un elemento de chauvinismo, pero ni siquiera resulta necesario: cada uno se ha criado donde se ha criado y tiene los referentes intelectuales y emocionales que tiene. Cuando escribí el post sobre lo que ocurriría si un agujero negro se acercara al sistema solar, prácticamente sin pensar bauticé a este objeto imaginario como Abaddón. ¿Por qué? Pues porque Abaddón es el puñetero ángel exterminador de la cultura cristiana occidental, donde surgió la sociedad en la que vivo. También podría haberlo llamado Tánatos, de la cultura helénica donde ambas se originaron, pero estaba muy visto y no reflejaba el concepto igual de bien. Incluso podría haber buscado alguna keres chula. Sin embargo, debido a mi contexto cultural, ni se me pasó por la cabeza bautizarlo Yama; y eso que resultaría de lo más apropiado. Por la misma razón tampoco se me ocurrió llamarlo Azrael, el arcángel de la muerte en el Islam. O Hine-nui-te-pō, de la mitología maorí.

Rigel Kentaurus

La estrella más próxima al Sol es el sistema triple conocido como Alfa o Proxima Centauri, con el nombre propio Rigil Kentaurus ("el pie del centauro", en árabe). Observatorio Europeo del Sur. (Clic para ampliar)

Incluso los nombres aceptados internacionalmente para los grandes objetos mencionados proceden de las culturas abrahámicas occidentales, por la sencilla razón de que éstas eran dominantes en materia científica conforme tales denominaciones se iban normalizando. Los nombres de todos los planetas solares, por ejemplo, vienen de la mitología romana: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, etcétera. Los de las lunas, de la griega, como Ganímedes, Ío, Europa, Fobos, Titán, Mimas, Encélado y demás. Y una buena parte de las estrellas más conocidas se conocen por su denominación árabe: Rigil Kentaurus (Rijl al-Qantūris, «el pie del centauro»), Altair (de an-nasr aṭ-ṭā’ir, «el águila voladora»), Fomalhaut (fam al-ħūt al-janūbī, «la boca de la ballena del sur») o Betelgeuse (cuya primera sílaba está disputada, pero «elgueuse» es al-Jauzā‘, «…del centro»). Y, por supuesto, Aldebarán: al-dabarān, «el seguidor» (porque parece seguir a las Pléyades).

Lógicamente, otras culturas otorgan nombres distintos a todos estos astros; no obstante, para su uso internacional y científico, estos son los nombres que han cuajado. Por otra parte, los descubrimientos más recientes se van dando en un mundo cada vez más globalizado e interconectado, con lo que la misma denominación se extiende a todos los países rápidamente. Tanto para los unos como para los otros, el organismo que se encarga de limpiar, fijar y dar esplendor a todos estos apelativos es la Unión Astronómica Internacional.

Con el surgimiento y desarrollo de la revolución científica, el número de objetos extraterrestres a bautizar se ha multiplicado enormemente y cada vez lo hace más. No resulta extraño que cualquier nuevo instrumento (un telescopio, una sonda, lo que sea) produzca una avalancha de cosas nuevas y fascinantes a las que prestar atención. Por ejemplo: las primeras naves que pasaron por detrás de la cara oculta de la Luna revelaron la existencia de un montón de accidentes geográficos selenitas a los que hubo que poner nombre. Con las primeras naves interplanetarias, lo mismo. Cada vez que a un Gran Observatorio le ajustan las gafas, aparecen millones de estrellas y galaxias nuevas. Y así constantemente. Son tantos que muchos se quedan con su designación sistemática, pendiente de que alguien se tome el trabajo de bautizarlos.

La Presidenta de la Unión Astronómica Internacional abre el Año Internacional de la Astronomía en la UNESCO.

La presidenta de la Unión Astronómica Internacional, Catherine Cesarsky, abre el Año Internacional de la Astronomía en la UNESCO (2009).

En la actualidad, cuando se obtienen las primeras imágenes de un nuevo objeto extraterrestre, es normalmente el correspondiente grupo de trabajo de la Unión Astronómica Internacional quien selecciona unas cuantas de las más significativas y sugiere posibles nombres. Conforme se consiguen datos más detallados, los investigadores que estudian el objeto pueden proponer denominaciones adicionales. En general, cualquier persona (incluso del público en general) puede proponer un nombre para un objeto recién descubierto. Ni en un caso ni en el otro, la Unión Astronómica Internacional garantiza que este nombre será reconocido. No se admite pago económico, a pesar de la existencia de listillos que cobran dinero a sus clientes por poner nombre a una estrella (sin reconocimiento oficial alguno, claro). Aquí se detalla el proceso, por ejemplo, para dar nombre oficial válido a los planetas menores (en ingles).

Los nombres aceptados en principio por este grupo de trabajo se remiten a otro dentro de la misma división, que se encarga exclusivamente de realizar estas catalogaciones. Por ejemplo, en el caso de los planetas y lunas, éste es el Grupo de Trabajo para la Nomenclatura de Sistemas Planetarios (WGPSN), de la División III. Si este grupo también valida la propuesta, entonces el nombre queda aceptado y entra en las bases de datos oficiales de la Unión. A partir de ese momento, este nombre puede ser utilizado válidamente para cualquier aplicación.

En la práctica, vuelve a producirse un inevitable sesgo cultural. Salvo de manera anecdótica, será raro que estos nombres procedan por ejemplo de la cultura aborígen australiana o de la yanomami, básicamente porque no hay muchos aborígenes ni yanomamis en los grandes observatorios terrestres o satelitarios, en los comités de investigación de las sondas espaciales o en los grupos de trabajo de la Unión Astronómica Internacional. A decir verdad, si no fuera porque existe una cierta tendencia en estos ámbitos para intentar que todas las culturas de la Humanidad aparezcan representadas, raro sería que apareciese alguno.

Bueno, pues por estas viejas tierras de Iberia no andamos mucho mejor. Realizada una búsqueda exhaustiva en la base de datos de la Unión Astronómica Internacional, sólo hay catorce que se correspondan con científicos o personajes que tuvieran que ver directamente con la astronomía. Todos excepto dos son anteriores a la Edad Contemporánea. Y la mayor parte, anteriores a la Edad Moderna. No, no es culpa de la Unión Astronómica Internacional. Es culpa nuestra.

La magra cosecha de la astronomía hispánica.

En total, salen 109 nombres relacionados con la cultura ibérica. Pero la mayor parte son designadores sin relación ninguna con la astronomía, la astronáutica o en general las ciencias que condujeron a estos descubrimientos. Al final del post veremos una lista, por ejemplo, de localidades hispánicas extraterrestres cuyo único mérito efectivo para estar ahí es simplemente… su existencia.

Observatorio del Roque de los Muchachos

Observatorio del Roque de los Muchachos, en las Islas Canarias. Tras siglos de tinieblas y atraso secular, durante las últimas décadas han ido surgiendo en España algunas instalaciones científicas dignas de tal nombre. En julio de 2009 entró aquí en servicio el Gran Telescopio Canarias, el más grande y potente del mundo con un espejo de 10,4 m. Casi nadie se enteró.

Más notablemente aparecen en la Luna los nombres de cuatro exploradores (Balboa, Colón, Magallanes y Vasco de Gama), un gran científico de la Edad Contemporánea sin relación con la astronomía (Cajal) y un médico del siglo XVI (Cristóbal Acosta). En Mercurio encontramos algunos pintores y escritores (Camões, Cervantes, Dalí, Echegaray, Goya, March, Mena, Mendes Pinto y Velázquez), porque se decidió nombrar a los cráteres de Mercurio usando una lista de artistas de fama mundial (aunque el premio Nobel de Literatura José Echegaray fue también ingeniero y matemático, su presencia se debe a esta última razón). Más una referencia a la carabela Santa María y al navío Victoria de Magallanes y Elcano.

En Venus, donde por convención se usan nombres femeninos, hallamos a la escritora Rosalía de Castro, la pintora Josefa de Ayala, la cantante Malibrán o la actriz Fernández, tan conocida que ni siquiera he logrado identificarla. Hay también –no faltaba más– un Don Quijote y una Dulcinea en Eros, asteroide cuyos accidentes suelen nombrarse recordando parejas o amantes famosos en la literatura de ficción. Más un cierto número de nombres genéricos como «José» o «Juanita» elegidos más o menos al azar.

Se comprende fácilmente que la mayor parte de estos topónimos extraterrestres con resonancias hispánicas son de cortesía, parte de esta voluntad de lograr que todas las culturas humanas queden representadas en los astros. En serio: por supuesto que se puede llamar Velázquez a un puente, un polideportivo o un avión de pasajeros, pero eso no implica ningún mérito en obra civil, deportes o aeronáutica. De gente que se ganara a pulso con sus aportaciones a la astronomía o la cosmonáutica un lugar en los cielos, únicamente tenemos catorce. A estas alturas, puede que te estés preguntando por qué hablo todo el rato de personajes ibéricos, en vez de hablar de españoles o portugueses. Sencillo: como apunté más arriba, casi todos ellos vivieron antes de que existieran los dos estados modernos con el nombre oficial de España o Portugal. En realidad, la inmensa mayoría se contaron –cómo no– entre los siempre mezquinamente olvidados sabios de Al-Ándalus.

Abenezra, el Doctor Admirable.

Vayamos por orden. El cráter Abenezra de la Luna recibe su denominación gracias al astrónomo, filósofo y escritor sefardita Abrahám ben Meir ibn Ezra; un nombre latinizado como Abenezra, cuyo propietario fue conocido por sus apodos el Sabio, el Grande o el Doctor Grande y Admirable.

Cráter Abenezra, Luna

El cráter Abenezra de la Luna (borde superior), situado en el centro de la cara visible y un poco al sur, llamado así por el astrónomo judeo-andalusí Abrahám ibn Ezra (1092-1167). Imagen tomada a 2.722 km de altitud sobre nuestro satélite.

Abrahám nació en Tudela, entonces perteneciente a la taifa de Zaragoza, en torno a 1092. Cuando los cristianos de Alfonso I el Batallador tomaron su ciudad, huyó hacia el sur junto a muchos otros de sus vecinos andalusíes. Así se convirtió por primera vez en un a modo de refugiado itinerante, viviendo en la Córdoba, Lucena, Granada y Sevilla musulmanas antes de cruzar el estrecho al norte de África. Entonces se encontró con con los almohades, que por aquella época perseguían a los judíos. Huyó de nuevo, ahora en dirección a Roma, y residió en diversos puntos del sur y centro de la Europa cristiana hasta su muerte en 1167. No se sabe exactamente dónde murió, pero al parecer había regresado a la judería de Calahorra, entonces ya bajo dominio cristiano. Por tanto, Abrahám ibn Ezra puede considerarse uno de los máximos exponentes de las tres culturas… y también de sus complejas convivencias y conflictos.

Abenezra escribió fundamentalmente en hebreo, destacándose en una diversidad de disciplinas que van desde la exégesis bíblica hasta la filosofía de la religión, la gramática hebrea e incluso la poesía. Pero lo que le aseguró su lugar en la Luna fueron sus trabajos en matemáticas, astronomía y astrología (en aquellos tiempos aún una ciencia): tablas de posiciones estelares como el Lukhot, estudios sobre el calendario (Sefer ha-‘Ibbur) y el astrolabio (Keli ha-Nejoshet), textos aritméticos como el Sefer ha-Ekhad o el Sefer ha-Mispar, las traducciones del astrólogo judeo-persa Mashallah y su obra traducida al latín Fundamentos de las Tablas Astronómicas (1154). Por todo esto y más cosas el judeo-andalusí Abrahám ibn Ezra, el Doctor Admirable, se ganó a pulso un rincón en los cielos; este lugar está ahora situado en las escabrosas serranías inmediatamente al sur del ecuador lunar, casi en el centro de la cara visible de nuestro satélite (21,0°S 11,9°E).

Cráter de Al Bakri, Luna

Cráter de Al-Bakri, en una imagen obtenida desde la nave lunar tripulada estadounidense Apolo 15 en 1971. (NASA)

Abu Abdullah Al-Bakri, el geógrafo.

Abu Abdullah al-Bakri fue un geógrafo hispano-árabe que nació en Huelva alrededor de 1014, estudió en Córdoba con Al-Udri e Ibn Hayyan, trabajó en Almería y Sevilla y murió en esta última ciudad siendo el año 1094. Aunque evidentemente no había salido en toda su vida de Al-Ándalus, creó numerosos trabajos de gran objetividad y precisión sobre la geografía, la botánica y la historia de Europa, el norte de África y la Península Arábiga basándose en lo que le contaba la gente que sí había estado allí.

Uno de estos trabajos, el Libro de los Caminos y los Reinos (Córdoba, 1068), constituye el único estudio completo y de confianza sobre África Occidental durante la Edad Media. Incluye datos únicos sobre el Imperio de Ghana, la Dinastía Almorávide y el comercio transahariano. Junto a su Descripción geográfica del mundo conocido, el Diccionario de los nombres indecisos (uno de los primeros diccionarios geográficos) y la Descripción del África Septentrional, le convierte en un geógrafo clásico de referencia y le dan derecho a su cráter en la cara visible lunar: uno pequeñito pero cuco, en la orilla noroccidental del Mar de la Tranquilidad (14,3°N 20,2°E).

El cráter de Alfonso X el Sabio.

Cráter lunar Alphonsus

Cráter Alphonsus (derecha), en la cara visible de la Luna (NASA). Recibe su nombre por Alfonso X el Sabio, no en tanto que rey sino en tanto que astrónomo.

Uno de los cuatro objetos extraterrestres de nombre hispánico ganado a pulso que no tira de apellido andalusí es el complejo de cráteres Alphonsus. Situado en la cara visible de la Luna, al este del mar Nubio, recibe su nombre por el rey de Castilla Alfonso X el Sabio. Pero no por rey, sino por astrónomo.

La vida de Alfonso X de Castilla (Toledo 1221-Sevilla 1284) resulta fascinante y está llena de éxitos, reveses y legados a las generaciones posteriores. Sobre todo, Alfonso fue un hombre sediento de conocimientos, respetuoso por la cultura y autor intelectual de numerosas obras. Su Escuela de Traductores de Toledo reunió a los mayores sabios cristianos, musulmanes y judíos de aquella Iberia a la que él empezaría a llamar con éxito España.

La parte de su legado que le asegura un lugar en la Luna es, fundamentalmente, las Tablas Alfonsíes (1252-1270). Sobre las observaciones originales del andalusí Al-Zarqali (a quien nos encontraremos a continuación) y bajo la supervisión de los judíos Ben Moshe y Ben Sid, estas Tablas Alfonsíes recogen la posición exacta de los astros vistos desde Toledo desde el año de la coronación de nuestro rey; y permiten calcular la posición del Sol, la Luna y los planetas conocidos en su tiempo según el complicado modelo geocéntrico de Ptolomeo.

La versión original de las Tablas Alfonsíes, escrita en castellano antiguo, se ha perdido. Pero la edición francesa en latín de 1320 sobrevivió, convirtiéndolas en la referencia astronómica más importante de Europa hasta bien entrado el Renacimiento. Sólo se dejaron de utilizar tras la publicación de las Tablas Rodolfinas de Kepler en 1627, casi cuatro siglos después que ya incorporaban el modelo heliocéntrico. Por esta y otras aportaciones como los Libros del saber de astronomía, el Rey Sabio de Castilla se ganó un antiquísimo cráter, muy llano, de respetable tamaño, provisto con doce subcráteres; sus coordenadas son 13,4°S 2,8°W, Luna.

Tablas Alfonsíes

Tablas Alfonsíes de Alfonso X el Sabio (arriba), en una traducción al latín del siglo XIII, basadas en las Tablas Toledanas de Azarquiel (debajo).

Estampilla con la efigie del astrónomo Azarquiel

Estampilla postal de España con la efigie del astrónomo toledano Abú Ishaq Al-Zarqali, Azarquiel.

Azarquiel, el más grande de los astrónomos ibéricos.

El toledano Abū Isḥāq Ibrāhīm ibn Yaḥyā al-Naqqāsh al-Zarqālī (o al-Zarqālluh), latinizado Azarquiel o Arzachel, está considerado por muchos como el más grande de los astrónomos ibéricos y uno de los más importantes de la historia mundial. Ya hable de él en este blog, y hasta comenté lo de su cráter… y se me había olvidado. :-( Nació en la Taifa de Toledo siendo el año 1029, descendiente de una familia visigótica convertida al Islam siglos atrás. Formado como herrero, se dedicaba a elaborar instrumentos de precisión para los astrónomos árabes y judíos que allí residían al servicio del cadí Said al-Andalusí, científico e historiador a su vez: una especie de Alfonso X musulmán.

De esta forma Abú Ishaq entró en contacto con las ciencias de la noche; por su parte, los científicos toledanos de la noche se percataron pronto de que Abú Ishaq poseía una brillantez intelectual fuera de lo común, captando al vuelo sus necesidades e incluso anticipándose a ellas, por lo que comenzaron a protegerle. Tras dos años de formación en las maqtab de la ciudad patrocinadas por Al-Mamún, el joven herrero se convirtió en matemático y astrónomo, pasando a formar rápidamente parte de este reducido círculo de estudiosos. Y, pronto, destacándose sobre todos ellos como astrónomo teórico, geómetra e inventor de sus propios instrumentos.

El cráter Azarquiel, Luna.

El cráter Azarquiel, Luna.

La aportación de Azarquiel al saber humano es difícil de percibir en toda su enormidad. Entre otras muchas cosas, junto a su equipo de extraordinarios colaboradores elaboró las Tablas Toledanas, de las que bebería Alfonso X para crear las Alfonsinas. Pero no sólo el rey de Castilla se inspiró en su trabajo: el mismo Laplace, siete siglos después, seguía utilizando los datos de Abú Ishaq para sus cálculos astronómicos. Y su modelo para explicar los movimientos del Sol y de Mercurio fue aprovechado por Copérnico para desarrollar la teoría heliocéntrica, tal como el propio astrónomo polaco declara en su Sobre el movimiento de las esferas celestiales. Sus obras, al llegar traducidas a la Europa cristiana, permitieron el surgimiento de la astronomía matemática moderna.

La azafea de Azarquiel

La azafea de Azarquiel o astrolabio universal. Sin un instrumento astronómico de estas características, verdadero computador analógico, la navegación oceánica resulta imposible por completo.

Además, creó varios instrumentos nuevos. Uno de ellos, la azafea o astrolabio universal, fue esencial para la navegación durante los siglos siguientes; sin él, difícilmente habría sido posible la Era de los Descubrimientos. Al mismo tiempo, se desplazaba a Córdoba con frecuencia para dar clases, lo que sentó una escuela propia que está en la raíz de la astronomía árabe occidental.

Por todo ello, los nombres de la Luna tendrían menos mérito si no incluyeran al complejo de cráteres Arzachel (18,2°S 1,9°O), situados al sur de Alphonsus, también en la cara visible. Está igualmente compuesto por un cráter principal y once secundarios, con una estructura muy bien definida y un pico en el centro de 1.500 metros de elevación.

Cuando Alfonso VI de León conquistó Toledo en 1085, un casi anciano Azarquiel tuvo que huir junto con otros colegas en dirección a Córdoba. No se sabe si llegó o si pereció en algún campo de refugiados por el camino. Convencionalmente se considera que murió en 1087.

El cráter Catalán, menos mal.

El único que nos salva la cara: aunque chiquitín y no muy relevante, el cráter Catalán del sudoeste lunar (45,7°S 87,3°O) y sus tres subcráteres son los únicos que llevan un nombre ibérico contemporáneo. Este es el del físico-químico maño especializado en espectroscopia Miguel Antonio Catalán Sañudo. Nacido en Zaragoza siendo 1894, se licenció en Ciencias Químicas por la universidad de esta ciudad aragonesa y a continuación desempeñó su profesión durante un tiempo en una fábrica de cementos. De ahí marchó a Madrid, en 1915, para realizar su tesis doctoral con Ángel del Campo. Don Ángel del Campo y Cerdán era el encargado de espectroscopia en el Laboratorio de Investigaciones Físicas de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas; años después, se convertiría en asesor científico de la II República.

Miguel Catalán y su esposa Jimena Menéndez-Pidal

Fotografía del pasaporte y firma de Miguel Catalán, junto a su esposa Jimena Menéndez-Pidal, hija del historiador y filólogo Ramón Menéndez-Pidal.

Bajo la tutela de Del Campo, Catalán se pasó definitivamente a la espectroscopia. Con una beca de la Junta, se mudó a Londres para proseguir sus estudios en el Royal College of Science; allí descubriría los multipletes espectrales, un fenómeno cuántico que le valió el reconocimiento internacional. De ahí viajó a Munich para trabajar con Sommerfeld, uno de los fundadores de la mecánica cuántica. A su regreso a España, ya catedrático, fundó el Instituto Nacional de Física y Química de la Junta de Ampliación de Estudios junto a Blas Cabrera y Enrique Moles.

Tras la Guerra Civil, los franquistas disolvieron la atea y antiespañola Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas; muchos de sus miembros fueron fusilados, tuvieron que huir al exilio o resultaron depurados. Miguel Catalán, que había pertenecido a Izquierda Republicana sin señalarse mucho, se contó entre estos últimos. Estuvo siete años en el exilio interior, realizando trabajos menores para la industria química e incluso para Mataderos de Mérida, hasta que gracias a las gestiones del astrofísico estadounidense Henry Russell y otros colegas norteamericanos recuperó su cátedra en 1946 (cuentan que empezó su primera clase con un «decíamos ayer…», a lo Fray Luis de León).

Como en España casi no quedaban científicos de alto nivel, en 1950 las autoridades franquistas le nombraron jefe del Departamento de Espectros del nuevo Consejo Superior de Investigaciones Científicas, por mediación del Marqués de Hermosilla. Habían pasado once años desde el final de la Guerra Civil. A partir de ese momento, los científicos norteamericanos que le habían protegido desde el otro lado del charco comenzaron a invitarle a toda clase de conferencias y reuniones en los Estados Unidos; en 1952, lo hicieron asesor de la Joint Commission for Spectroscopy. En 1955, la Real Academia de Ciencias de Madrid logró vencer las desconfianzas políticas que generaba aún y le eligieron académico de número. Pero todas estas desventuras le habían afectado a la salud: Miguel Catalán, el único ibérico contemporáneo que da nombre a un objeto extraterrestre por sus méritos científicos, falleció en 1957. Habría que esperar hasta 1970 para que, a propuesta de todos esos amigos estadounidenses, la Unión Astronómica Internacional pusiese su nombre a este cráter lunar.

Cráter Catalán, Luna

El grupo de cráteres Catalán, Luna, en el registro de la Unión Astronómica Internacional. Al hallarse en la zona de ocultamiento por libración, ayuda a observar este fenómeno aunque a veces resulte difícil de distinguir o invisible desde la Tierra por completo.

Cráteres Geber y Abenezra, Luna.

Cráteres Geber y Abenezra, Luna.

Geber, el que corrigió a Ptolomeo.

Como este post se está alargando mucho, lo voy a dividir en dos partes. Así pues terminaremos esta primera hablando del Geber, otro cráter complejo lunar, que recibe su nombre por un cuarto andalusí: el astrónomo y matemático Abū Muḥammad Jābir ibn Aflaḥ. Abú Mohamed Jabir nació, vivió y murió en Sevilla allá por los años 1.100-1.150; su obra maestra, la Corrección del Almagesto (Iṣlāḥ al-Majisṭi), influyó a varias generaciones de estudiosos musulmanes, cristianos y judíos. Tanto, que casi toda la parte de trigonometría esférica en la obra de Johann Regiomontano constituye un plagio del sevillano, tal como mostró Gerolamo Cardano. Este trabajo representa la primera corrección importante a Ptolomeo en Occidente.

Adicionalmente, Abú Mohamed inventó el torquetum, otro computador analógico de observación astronómica que sirve para registrar y convertir medidas tomadas en tres sistemas de coordenadas: el horizontal, el ecuatorial y el eclíptico. Maimónides trasladó sus trabajos al resto del mundo islámico y Gerardo de Cremona los tradujo al latín, dándole ese nombre Geber que designa también al cráter lunar.

El cráter Geber en memoria del sevillano Abú Mohamed se encuentra en las serranías escabrosas centrales de la cara visible de Luna, un poco hacia el sur (19,4°S 13,9°E), y presenta nueve subcráteres. Está justo al noreste del cráter en memoria del judío andalusí Abrahám ibn Ezra que mencionamos al principio.

Próximamente: Ibéricos extraterrestres (y 2).

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No verás muchos objetos como este sobre la faz de la Tierra

Desde luego, no tan de cerca.

Te ruego que hagas una pausa. Que cierres los ojos durante un instante. Y después, que los vuelvas a abrir y mires con profundidad la siguiente fotografía:

El casco de Chernóbyl - The Chernobyl helmet

El casco de Chernóbyl - The Chernobyl helmet. © César Toimil. Todos los derechos reservados. All rights reserved.

Es, efectivamente, un casco de bombero. Un casco de bombero soviético de 1986. Un casco de bombero soviético que estuvo en Chernóbyl la noche del accidente y que ahora yace olvidado en un armario del hospital abandonado de Pripyat, adonde llevaban a los heridos y enfermos durante las primeras horas.

La radiación natural normal suele variar entre veinte y treinta millonésimas de roentgen por hora. El límite máximo de seguridad en la Unión Europea para los trabajadores de la industria nuclear más expuestos equivale aproximadamente a medio roentgen al año (más rigurosamente, 50 milisieverts/año con un máximo de 100 mSv durante cinco años consecutivos). Una exposición a quinientos roentgens en cinco horas se considera generalmente mortal de necesidad. En Hiroshima, una hora después del bombardeo atómico, hacían mil roentgens por hora (Laboratorio Nacional de Oak Ridge, DWG 78-265).

Este casco, y el hombre que se cubría con él, estuvo expuesto a una radiación de veinte mil roentgens por hora durante un periodo de tiempo difícil de determinar pero sin duda prolongado. Muchas decenas de minutos. Puede que más de una hora.

No verás muchos objetos sobre la faz de la Tierra que hayan estado expuestos a semejante radioactividad. No tan de cerca, al menos. Aún hoy, casi un cuarto de siglo respués, este casco sigue siendo un objeto radioactivo peligroso al que no resulta nada conveniente acercarse demasiado. Si alguien va a robarlo, tiene bastantes números para llevarse la penitencia con el pecado y seguirá teniéndolos durante una larga temporada.

Ahora, por favor, vuelve a mirar la foto.

César Toimil se acercó, un poquito, para conseguir esta fotografía. César es un lector de este blog, fotoperiodista para la Voz de Galicia, que ha estado tres veces en Chernóbyl con objeto de realizar un libro fotográfico aún inédito sobre el lugar y se lo conoce ya como la palma de su mano. Nos lo cuenta así: un día, paseando por Pripyat con un amigo de fiar…

…me dice: «te voy a enseñar algo que lo ha visto muy poca gente» y me lleva a una habitación del hospital de la ciudad. Un sitio especialmente tétrico y bastante poco fotografiado. Coge un palo largo y con él saca de un armario un casco de bombero. «Este casco pertenece a uno de los bomberos que llegaron primero al incendio del reactor. No encontrarás muchas cosas que hayan estado a más de 20.000 roentgens».

Yo quiero darle las gracias a César por compartirlo con nosotros autorizándome a reproducirla en la Pizarra de Yuri; y recordar a todo el mundo que esta fotografía le pertenece y está protegida por copyright y los demás derechos aplicables en estos casos. César gastó mucho tiempo, trabajo, dinero y algún riesgo para conseguirla, junto al resto de su extraordinaria colección; este esfuerzo no merece que se la pasen al dominio público sin al menos pedirle permiso.

Escrito en memoria del hombre que fue con este casco a protegernos a todos, y sus camaradas.

Monumento a los liquidadores en Kovel, Ucrania

Monumento a los liquidadores en Kovel, Ucrania. (Del dominio público)

PD: Sí, con la ayuda de César y alguna persona cualificada más, estoy preparando una. Una gorda. Permanezcan atentos a sus pantallas, aunque no necesariamente de manera inminente. ;-)

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Gagarin

Al parecer hubo un tipo que usaba el mismo nick que yo. Y el muy jodío hizo algo curioso.

Lugar de aterrizaje de Yuri Gagarin, Engels, URSS.

El lugar donde Rita, su mamá y una vaca vieron bajar a un señor bajito del cielo (imagen de 1967; clic para ampliar).

Érase una vez una niña de seis años que se llamaba Rita. Rita vivía con sus papás en una granja colectiva a orillas de un río muy, muy grande, no lejos de un lugar llamado Engels. El papá de Rita era guardabosques y su mamá, que se llamaba Anna Akimova, se dedicaba a cuidar el ganado. Esta mañana, Rita había salido con su mamá para llevar a una vaca a pastar en los campos cercanos. Hacía un día muy bonito, con un cielo muy azul. Se acercaba ya el mediodía y el sol brillaba con fuerza, aunque era el mes de abril y aún hacía un poco de frío. De pronto, Rita señaló a lo alto y anunció:

–¡Mira, mamá! ¡Hay un señor que baja del cielo!

La mamá de Rita quiso decirle que no fuera tan fantasiosa (porque la verdad es que Rita, a veces, era un poquito fantasiosa); pero miró de reojo al punto donde señalaba la niña. Y entonces, ella también lo vio. Había, en efecto, un señor con un mono naranja y un casco blanco que bajaba del cielo en paracaídas. Anna y Rita se quedaron un poco pasmadas, viéndole descender en los campos cercanos. Y cuando el señor del mono naranja echó a andar hacia ellas arrastrando su paracaídas, la mamá de Rita la agarró con fuerza y ambas retrocedieron un poco asustadas. No hacía tantos años que terminó la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría estaba ya en su pleno apogeo y podía ser que los señores que bajan del cielo no trajeran buenas intenciones. Aunque, para ser espía o soldado enemigo, este tipo era más bajito que los de las películas. Y sonreía, como si estuviera inmensamente feliz. Además, en el casco blanco que llevaba ahora en la mano ponía «CCCP«: el acrónimo de su país.

Entonces, el señor bajito del mono naranja que había bajado del cielo les gritó:

Yuri Gagarin tras su aterrizaje

Anatoly Lugansky tomó esta fotografía, una de las primeras de Yuri Gagarin tras su aterrizaje junto al Volga, cerca de Engels.

–¡Eh, no tengáis miedo! ¡Soy soviético, como vosotras! ¡Vengo del espacio y tengo que encontrar un teléfono para llamar a Moscú!

El señor bajito del mono naranja, un joven de veintisiete años que resultó ser muy alegre y simpático, se llamaba Yuri Alekseyevich Gagarin. Era el 12 de abril de 1961, cerca del mediodía, hora de Moscú. Y lo más cañero de todo es que decía la verdad: acababa de regresar del cosmos con una nave espacial llamada Vostok-1, que tomó tierra automáticamente a alguna distancia de allí. ¡Esto era una cosa para contar mañana en el cole!

Rita y su mamá le llevaron a la granja colectiva, charlando amistosamente (aunque, la verdad, mamá no se acababa de creer mucho su historia). Mientras el supuesto kosmonavt hablaba por teléfono, alguien dijo que había oído en la radio un rato antes algo sobre el asunto este. Que el tipo era un héroe, el primer hombre en viajar al espacio, una cosa del otro mundo. Entonces, empezó una especie de locura colectiva, mucho más que cuando el Sokol de Saratov ascendió a segunda división. La gente se hizo fotos con él y se lo llevaron en un camión hacia la cercana base aérea de Engels. Pero apenas habían salido a la carretera cuando apareció un helicóptero a recogerlo. Al poco, el lugar se llenaba de soldados, científicos y cámaras. La radio repetía triunfalmente con palabras muy grandes que la Unión Soviética había llevado al primer hombre al cosmos. Y el señor bajito y simpático del mono naranja salió en la tele y en los periódicos y en las revistas de todo el mundo, una y mil veces. Pues, en efecto, la historia de la civilización terrestre acababa de cambiar ante los ojos atónitos de Rita, su mamá y una vaca –cuyo nombre, por desgracia, no recordamos–, que vieron el instante en que la Humanidad entraba definitivamente en la Era Espacial.

El amanecer en un lugar llamado Baikonur.

La aventura extraordinaria del joven bajito con mono naranja había empezado unas horas antes, esa misma mañana, en un lugar secreto situado mil quinientos kilómetros al sudeste de allí. Por aquel entonces ese lugar aún se llamaba Tyuratam, pero pronto el mundo entero lo conocería como Baikonur. El cosmódromo de Baikonur.

Esa mañana, todo el mundo se levantó muy temprano en Baikonur. Algunos ni siquiera habían dormido. Entre otros, un señor regordete, cuellicorto y cabezón cuyo nombre era tan secreto que sólo se le llamaba por las iniciales S. P. o número 20; aunque el mundo llegaría a conocerle como el Diseñador Jefe. Este señor Número 20 era quien ideó todo aquello y lo había llevado a cabo –con la ayuda de otros muchos casi tan geniales como él, claro–; y también quien decidió que el joven bajito, simpático y ligón llamado Yuri Gagarin se convertiría en el héroe de su fabulosa aventura. Le conocía en persona como al resto de sus aguiluchos –los elegidos para la gloria del programa espacial soviético–, eran amigos y hoy este aguilucho Gagarin se convertiría en águila… o moriría en el intento.

Teen Gagarin

Un Yuri Gagarin adolescente en su época de aprendiz de forjador y gamberro simpático entre las muchachas de Lyubertsy.

Yuri Gagarin era un joven piloto de la Fuerza Aérea Soviética que pertenecía ya a una nueva generación para quienes la Segunda Guerra Mundial era un recuerdo de la infancia y Stalin, un nombre de su adolescencia. Nacido en 1934, tenía once años cuando acabó el conflicto y diecinueve cuando desapareció el autócrata. Por aquel entonces, Gagarin era aún aprendiz de forjador en una fábrica, que había aprendido a pilotar avionetas en un aeroclub local y estudiaba para técnico aeronáutico en una escuela de formación profesional. Y es que procedía de una familia muy humilde: hijo de un carpintero y de una campesina a la que le gustaba mucho leer, se había criado en un suburbio industrial periférico de Moscú con no muy buena fama llamado Lyubertsy. Sus profesores decían de él que era buen estudiante pero bastante gamberro. Las muchachas de Lyubertsy coincidían en que era bastante gamberro, pero un gamberro simpático a pesar de su corta estatura –1,57, en un país donde los tipos suelen ser bastante inmensos– y esas cosas que se dicen antes de dejarse, uh, acaramelar.

En 1955, a los veintiún años, Gagarin terminó su curso de técnico aeronáutico con unas notas bastante estupendas a pesar de estos entretenimientos e ingresó en la Fuerza Aérea Soviética para convertirse en piloto militar. Recibió sus alas en la Escuela de Pilotos de Orenburg, a los mandos de un MiG-15; a continuación, se casó con una chavala de nombre Valentina Goryacheva, aunque dicen las malas lenguas que no sentó mucho la cabeza en el tema de faldas.

Sus superiores le enviaron a ejercer su nueva y definitiva profesión en un lugar llamado Luostari, en el óblast de Múrmansk, apenas unos pocos kilómetros al sur del Círculo Polar Ártico. Para parar a los bombarderos capitalistas si algún día decidieran atacar a la Rodina por el Polo Norte, Noruega o ese rollo. Como te imaginarás con facilidad, no es la Costa del Sol exactamente; sino un lugar maldito entre la tundra y los hielos del Océano Glaciar Ártico, con una climatología casi extraterrestre, que sólo tiene una virtud: crear magníficos pilotos, porque es preciso ser un magnífico piloto para gobernar aviones en un sitio donde hay una ventisca infernal antes de almorzar y otra después de comer como cosa de todos los días. O casi todos; luego están los días verdaderamente malos.

Por lo visto, se le daba bien: a los veinticuatro años fue ascendido a teniente y a los veintiséis, a teniente primero. Más o menos en ese mismo año, 1959, comenzó a circular entre los oficiales jóvenes de la Fuerza Aérea Soviética que había una nueva oportunidad laboral relacionada con los recientes vuelos al espacio del Sputnik y de Laika. Que se admitían voluntarios, vamos, para un curro muy secreto, muy exigente y muy peligroso que conducía directamente a la gloria o a la muerte en versión fritanga estratosférica y cachitos múltiples. Exactamente la clase de proposición que un joven piloto de caza encuentra irresistible: hubo miles de solicitudes, y entre ellas estaba la del teniente primero Yuri Gagarin. Quien, por cierto, acababa de tener a su primera hija: Yelena.

El cohete de Gagarin

El cohete Vostok 8K72K que llevaría a Gagarin al espacio.

En 1960, se contaba ya entre el selecto grupo de veinte pilotos expertos elegidos para que uno de ellos se convirtiera en el primer ser humano en viajar al cosmos. Su corta estatura fue, precisamente, un punto a su favor: el espacio disponible en aquellas primeras Vostok era francamente reducido y los tipos grandullones no cabían. Pero no fue el único: las pruebas, cursos, exámenes, entrenamientos y comprobaciones de seguridad rayaban lo inhumano. Poco a poco, dos nombres fueron destilándose en aquel exclusivo grupo de pilotos excepcionales: Gherman Titov y nuestro Yuri Gagarin. Pronto se convirtió en el favorito, precisamente por ser de origen humilde (algo muy valorado en la Unión Soviética) y porque su nombre no sonaba tan alemán como el de Gherman Titov (si bien Gherman es relativamente común en Rusia y viene de San Germán de Constantinopla, un patriarca antiguo de la Iglesia Ortodoxa).

Pero el señor Número 20, el legendario Diseñador Jefe que ya había lanzado al Sputnik y a Laika y otros cuantos objetos y animales más, no se dejaba impresionar por detalles de esos; y era precisamente este dios de la cosmonáutica quien debía tomar la decisión. Al parecer, sucedió de una forma bastante anecdótica. Estaban varios compañeros esperando en una sala para entrar a uno de los últimos exámenes teóricos, y pasaban el rato haciéndose preguntas entre sí, por practicar la prueba. Entonces, a instancia de uno de sus colegas, Yuri comenzó a recitar de carrerilla y con detalles exhaustivos los procedimientos técnicos de control de la Vostok; casi como si la hubiera diseñado él mismo. Casualmente, el Diseñador Jefe se encontraba en la habitación de al lado y pudo oírlo a través de la puerta. Y como ya tenía una muy buena opinión sobre él, especialmente porque Gagarin comprendía el alcance histórico y filosófico de todo aquel invento como muy pocos, tomó la decisión final en ese instante: el terror de las niñas de Lyubertsy, que acababa de tener a su segunda hija Galina, sería el primer gran héroe de la Era Espacial.

Y así estaban las cosas en aquella mañana del 12 de abril de 1961. A unos pocos kilómetros, en una plataforma que se llamaba entonces sitio número 1 y ahora se conoce como la salida de Gagarin, esperaba ya una variante mejorada del primitivo cohete R-7 Semyorka denominada Vostok-8K72K. En la punta, una minúscula nave espacial con aspecto de helado de cucurucho raro llamada Vostok-1 y nombre en clave Cedro (Кедр, «Kedr») aguardaba al elegido para pasar al libro gordo de la historia con letras grandes y doradas… o a una tumba con letras también grandes y doradas.

Jamás se había hecho antes. Era la primera vez en que la Humanidad decidió enviar a uno de sus hijos más allá de la suave atmósfera que nos vio surgir. Y no sólo eso, sino que además iban a por el premio gordo: debía describir una órbita completa alrededor del planeta Tierra, pues sólo así se abriría la puerta para los viajes espaciales futuros. Aut Cæsar aut nihil, y esas cosas.

Поехали!

Gagarin durante el entrenamiento

Gagarin durante el entrenamiento

La mañana anterior, 11 de abril, Yuri y Gherman –Titov era el piloto de respaldo, por si a Gagarin le pasaba algo en el último momento– estuvieron charlando con unos soldados de la base de lanzamientos. Después, acudieron ya al chalé donde debían pasar la noche, junto a su jefe de entrenamiento, el general Nikolai Kamanin. En el centro de control, acaba de comenzar la cuenta atrás. Mientras se hallaban en esta casa comenzaron ya a tomar comida espacial, preparada por la Academia de Medicina de la URSS: dos raciones de puré de carne y una de salsa de chocolate, en tubos de 160 gramos. Durante la tarde, les colocan los sensores médicos que uno de los dos llevará puestos durante el vuelo y les toman las mediciones en reposo a lo largo de hora y media. Aparentemente, Yuri está muy tranquilo durante este proceso: su presión arterial es de 115/60, su pulso asciende a 64 pulsaciones por minuto y su temperatura corporal está en 36,8 ºC. A las nueve y media de la noche, el Diseñador Jefe se pasa a hacerles una visita y conversar un rato con ellos: todo está listo y el lanzamiento procederá según lo programado, con Yuri como primer piloto. Poco después, ambos cosmonautas se van a la cama; aunque el general Kamanin, quien permanece despierto en el cuarto adyacente, les oye conversar en la oscuridad hasta bien entrada la noche. Habría sido interesante estar en esa conversación, ¿eh?

En la mañana del 12 de abril de 1961, como ya dijimos, todo el mundo se levanta muy temprano en Baikonur. Yuri y Gherman hacen algo de deporte, desayunan aquellos tubos de comida espacial estrictamente controlada y acuden a que les vistan con sus trajes de vuelo, sus cascos blancos y su monos naranja. A cada minuto que pasaba, había más gente alrededor: técnicos, médicos, especialistas, militares, los miembros del comité estatal. Todo el mundo parece estar de muy buen humor, aunque también se respira mucha tensión en el ambiente y la seriedad de quienes saben que se disponen a hacer historia, y no pequeña. Yuri sigue muy tranquilo y bromea con todo el mundo, como es su carácter. Ha amanecido ya cuando Gagarin, Titov y un grupo de especialistas y soldados se suben a un autobús en dirección al sitio número uno, seguidos por un vehículo de escolta. Conforme se aproximan, Yuri mira al inmóvil cohete Vostok-K que ya apunta más allá de los cielos.

Son las ocho y pico de la mañana cuando hay unos breves discursos, unas despedidas bastante emotivas y Yuri echa a andar hacia la plataforma de lanzamiento acompañado por técnicos, médicos y el general Kamanin. Aún existe la posibilidad de que se tuerza un tobillo o algo así subiendo la escalerilla, y entonces Titov será el primer hombre en el espacio… o el primer muerto intentándolo. Pero no sucede nada de eso. Yuri se introduce en un ascensor, asciende hasta la punta del cohete y allí es introducido y sujeto a la cápsula Vostok-1.

En principio, no está previsto que Yuri tome los mandos: será un vuelo completamente automático. No obstante, le han entregado un sobre con las claves precisas para hacerlo en caso necesario. A bordo lleva comida espacial para diez días, por si acaso fallase el procedimiento de reentrada y tuviera que esperar allá lejos hasta que la órbita decaiga por sí sola. Aunque, si falla algo, lo más normal es que todo sea bastante más rápido y definitivo. Muchos pisos más abajo, las bombas comienzan a inyectar el keroseno y el oxígeno líquido para los motores cohete RD-108 de 1959.

Gagarin en la Vostok 1

Yuri Gagarin a bordo de la Vostok 1, listo para despegar.

Se acercan las nueve de la mañana del doce de abril de 1961, y el joven bajito y simpático que se llama Yuri Gagarin está ya encerrado en la Vostok-1. La Vostok-1, con su aspecto general de un cucurucho de helado medio asomando en la punta del cohete, está compuesta por dos partes: una esférica donde se halla el aspirante a kosmonavt, y otra en forma de cono truncado para los equipos electrónicos, de orientación y apoyo. Alrededor, unos depósitos esféricos con oxígeno y nitrógeno líquidos para soporte vital y propulsión. Por radio, verifican los últimos parámetros previos al lanzamiento. El Diseñador Jefe está al mando, hoy como jefe de control de misión, y dice:

–Zarya llamando a Kedr. La cuenta atrás [final] está a punto de empezar.
–Recibido –contesta Yuri–. Me encuentro bien, estupendo de ánimo, listo para ir.

Los rusos no usan la conocida cuenta atrás estadounidense que va descontando segundos en voz alta. Simplemente, el reloj va marcando el momento de realizar las distintas acciones previas al lanzamiento, y por fin marca la hora de cambiar la historia de la Humanidad para siempre. Entonces, mientras el cohete Vostok comienza a vibrar, los soportes de la torre de lanzamiento se apartan de él y los motores empiezan a proyectar llamaradas anaranjadas, la voz del Diseñador Jefe recita:

–Etapa preliminar… intermedia… principal… ¡lanzamiento! Te deseamos un buen vuelo, todo está correcto.

Yuri siente una suave sacudida, el estruendo de los motores cohete acelerando a máxima potencia y el fuerte tirón que le separa del suelo para llevarlo ni más ni menos que al espacio. Ve que ha comenzado a moverse y grita a la radio:

–Poiejaly! (Поехали! «¡Allá vamos!»)

Son las nueve y siete minutos de la mañana. En medio de una gran humareda, llamaradas inmensas y un rugido atronador, el cohete Vostok-8K72K se eleva desde las estepas de Kazajstán hacia el lugar donde el cielo ya no es azul pero a cambio está lleno de estrellas. Lejos de allí, a orillas del Volga, una niña llamada Rita saca a pastar a una vaca en compañía de su mamá.

108 minutos para meter a la Humanidad en la Era Espacial.

Parte del panel de instrumentos de la Vostok-1 de Yuri Gagarin

Parte del panel de instrumentos de la Vostok-1 de Yuri Gagarin (clic para ampliar).

A los 119 segundos de vuelo, los cuatro impulsores externos se separan y caen hacia el desértico downrange de Baikonur. Gagarin conversa con su control de lanzamiento Zarya-1, indicando que todo parece ir bien. El Diseñador Jefe le confirma que el lanzamiento se ha producido dentro de todos los parámetros programados y que los datos transmitidos por el cohete son similares a lo previsto. A las nueve y diez, cuando el cohete lleva ahora 156 segundos elevándose a toda potencia, el aire se vuelve tan tenue que el fuselaje aerodinámico ya no es necesario y se separa, dejando al descubierto la nave Vostok-1 donde viaja Gagarin. El sistema de orientación óptico Vzor se activa y comienza a tomar referencias para el largo viaje por la órbita de la Tierra. El control de tierra le ve a través de un enlace de televisión; Gagarin parece encontrarse bien, consciente y orientado, muy contento. Los sensores médicos conectados a su cuerpo no presentan ninguna anomalía significativa. Hay que tener en cuenta que, hasta ese momento, nadie sabía realmente si un ser humano podría sobrevivir a un vuelo espacial.

A los cinco minutos del lanzamiento, el cohete principal agota igualmente su combustible y se separa para caer a tierra también. La fase superior se enciende para llevar a la nave espacial hasta su destino. Un minuto después, a las 09:13, Yuri transmite al Diseñador Jefe en Zarya-1:

–El vuelo sigue bien. Puedo ver la Tierra. La visibilidad es buena… puedo verlo casi todo. Hay un poquito de espacio bajo la cubierta nubosa de cúmulos… Continúo el vuelo, todo está bien.

Otro minuto más tarde, el aún aspirante a kosmonavt se ratifica:

–Todo funciona muy bien. Todos los sistemas están operativos. ¡Sigamos adelante!

A las 09:15, la etapa superior está activa aún y se encuentran ahora sobre Asia Central. El cielo es negro por completo y está lleno de estrellas. Debido al veloz aumento de la distancia a Baikonur, las comunicaciones de radio empeoran rápidamente. Está previsto: Zarya-2, el centro de seguimiento de Kolpashevo, trata de restablecer las comunicaciones lo antes posible. A las 09:17, la última etapa se apaga y el computador de a bordo libera a la nave espacial Vostok. Ahora ya no tiene ninguna propulsión, ni la necesita. Diez segundos después, Yuri Gagarin entra en órbita. ¡Está en el espacio! Ahora ya es un verdadero kosmonavt, el primero de todos, el pionero de la Humanidad: el fundador. Cualquier cosa que hagan las generaciones futuras más allá de la Tierra, lo harán como sucesores del ciudadano soviético Yuri Alekseyevich Gagarin a bordo de su nave Vostok-1, creada por el señor Número 20 y los suyos. Pero aún queda mucho trabajo por hacer hasta regresar con vida a casa. Ahora mismo se encuentra sobre Siberia, en dirección al este, al Océano Pacífico. Transmite a Zarya-2:

Yuri Gagarin en órbita

Yuri Gagarin en vuelo. Imagen transmitida a través de un enlace de televisión con los centros de control Zarya.

–La nave está funcionando normalmente. Veo la Tierra a través del ojo de buey del Vzor. Todo procede según lo planeado.

A las 09:21 la Vostok-1 sobrepasa la Península de Kamchatka para adentrarse en el Océano Pacífico, abandonando así la Unión Soviética. Gagarin aprovecha para emitir un informe de situación:

–Las luces están activadas en el monitor de descenso. Me encuentro bien y de buen ánimo. Parámetros de cabina: presión atmosférica 1, humedad 65, temperatura 20. Presión en el compartimiento 1, primer automático 155, segundo automático 155, presión en el sistema de retrocohetes 320 atmósferas.

Ha transcurrido un cuarto de hora desde el lanzamiento y se está haciendo rápidamente de noche. Va a ser el día y la noche más cortos vividos por un ser humano jamás: poco más de 100 minutos para dar la vuelta completa a la Tierra y todos sus husos horarios. Conforme la Vostok-1 se adentra hacia las tinieblas del Pacífico, Zarya-3 (en Yelizovo) entra en contacto con el kosmonavt a las 09:26 y éste les pide un informe de telemetría. Sin embargo, Zarya-3 apenas tiene datos aún:

–¿Qué podéis decirme del vuelo? ¿Qué me decís? –pregunta Yuri.
–No hay instrucciones de Número 20 –le contestan desde Yelizovo–. El vuelo procede con normalidad.
–¡Pero dadme los datos del vuelo! Ah, y mandadle un saludo al Rubio –pide Gagarin, en referencia a su amigo y futuro cosmonauta Alexei Leonov.

Zarya-3 no puede darle datos de telemetría todavía –sólo lleva seis minutos en órbita y en aquella época esas cosas se tomaban su tiempo–, pero sí confirmarle que todos los sistemas están operando correctamente. La conversación languidece mientras las comunicaciones empeoran, conforme la Vostok-1 entra definitivamente en la noche sobre el Océano Pacífico. Desde Alaska, una estación de guerra electrónica estadounidense capta las imágenes de televisión que proceden desde el espacio, donde se ve a un hombre joven con casco hablando en ruso. No saben a qué atenerse, pero comprenden que están ante algo histórico y se ponen en comunicación con Washington. A casi ocho kilómetros por segundo y más de trescientos kilómetros de altitud sobre la superficie terrestre, Gagarin avanza ahora hacia las Islas Hawaii. Las comunicaciones por VHF ya no son posibles a tanta distancia, pero continúan intercambiándose mensajes por HF. Un rato más tarde, Yuri transmite:

Trayectoria de la Vostok-1 de Yuri Gagarin

Trayectoria de la Vostok-1 (clic para ampliar; horas expresadas en UTC).

–Informe regular de situación: son las nueve horas y cuarenta y ocho minutos, el vuelo procede con éxito, Spusk-1 está operando con normalidad. El índice móvil del monitor de descenso está moviéndose […] Me encuentro bien.

A las 09:51, comunica también que el control de actitud por orientación solar se ha activado. Aún tiene que esperar dos minutos más para recibir desde Khabarovsk el mensaje que llevaba esperando todo el rato:

–Kedr, aquí Zarya-2. Por orden de Número 33 [el general Kamanin] hemos encendido los transmisores y comunicamos lo siguiente: el vuelo procede normalmente y la órbita ha sido calculada.

A Yuri le cuesta mantenerse quieto en su asiento cuando oye estas palabras. Porque está exultante: ¡lo han logrado! No sólo está en el espacio, sino que se encuentra en una órbita verdadera y estable alrededor de la Tierra, no derivando sin rumbo hacia cualquier lugar. Ahora, incluso si todo saliera mal y nunca pudiera volver, Yuri Alekseyevich Gagarin pasaría ya a la historia como el primer navegante verdadero del cosmos: el cosmonauta original. Sin embargo, el terror de las niñas de Lyubertsy tiene toda la intención de regresar sano y salvo, aunque sólo sea para volver a ver a sus hijas y celebrarlo como corresponde a tan excepcional ocasión. Contesta, a las 09:56:

–Recibido, recibido, Zarya-2. Kedr está en órbita calculada alrededor de la Tierra. Continúo el vuelo, me encuentro sobre América […]

En realidad no se halla sobre el continente americano, pero puede verlo a la confusa luz del amanecer desde allá arriba, donde ya no hay «arriba» ni «abajo». Sobrevuela el Pacífico Sur en dirección a la Península Antártica para pasar al Atlántico mientras el sol sale ante sus ojos a toda velocidad. Cristóbal Colón, Fernando de Magallanes, Vasco de Gama, Yuri Gagarin, susurra la Historia en sus oídos. En el noticiario de las diez en punto, Radio Moscú comienza a anunciar al mundo que hay un cosmonauta soviético en el espacio, para asombro de las gentes y las naciones. Yuri intenta varias transmisiones durante estos minutos, pero no se reciben en la URSS, al otro lado del planeta. Salvo una, a las 10:13, emitida ya desde el Atlántico Sur: «Os recibo bien; el vuelo sigue…».

A las 10:25, la Vostok-1 conmuta automáticamente a actitud de reentrada. Se encuentra cerca de la costa angoleña, a 8.000 kilómetros del punto de aterrizaje previsto en Rusia occidental. Los retrocohetes se disparan durante cuarenta y dos segundos; con eso, la nave espacial pierde velocidad y comienza a caer de nuevo hacia la Tierra sobre África. Diez segundos despúes el computador de a bordo ordena la separación del módulo de equipamiento, pues está previsto su aterrizaje por separado.

Copia de la Vostok-1

Copia de la Vostok-1 en el Museo del Aire y del Espacio, París Le Bourget.

Entonces sucede un fallo que está a punto de terminar con la misión y matar a Gagarin durante la ardiente reentrada: un grupo de cables no se separa correctamente y los dos módulos quedan enganchados. Además, conforme vuelve a haber aire alrededor de la nave, aunque sea todavía muy tenue, la Vostok-1 comienza a girar sobre sí misma a gran velocidad debido a la forma esférica del módulo de descenso. Sin embargo, Yuri no trata de comunicarse para decir que algo va mal: ha deducido correctamente que estas anomalías no ponen en peligro a la nave y, según diría después, «no quise hacer ruido innecesariamente». Unos minutos más tarde, el grupo de cables que ha impedido la adecuada separación se quema por el enorme calor de la reentrada y los dos elementos de la Vostok-1 se distancian por fin. Yuri se encuentra ahora sobre Egipto y la nave sigue rotando con fuerza, sometiéndole a aceleraciones de 8,5 g, pero el cosmonauta permanece consciente y sigue sin transmitir nada en particular.

A partir de las 10:35, la Vostok-1 pasa sobre las pirámides de Egipto y se adentra en el Mar Mediterráneo, al oeste de Chipre. Tras atravesar Turquía, regresa a la Unión Soviética por la costa del Mar Negro, cerca de Krasnodar. El cielo vuelve a ser azul. Sigue descendiendo en dirección al Volga y por fin, a las 10:55, Yuri activa el asiento eyectable a siete kilómetros de altitud tal y como estaba previsto. Esto generó alguna polémica con posterioridad, puesto que se suponía que los cosmonautas debían permanecer con su nave hasta el aterrizaje para hacer valer sus récords ante la Federación Aeronáutica Internacional (aunque, como no podía ser menos, la cosa quedó definitivamente saldada a su favor; y, de todos modos, esto era ya astronáutica). Sin embargo, esta era una preocupación completamente secundaria para el equipo del señor Número 20: la toma de tierra final podía ser dura y no estaban dispuestos a que uno de sus valiosos cosmonautas se rompiera los dientes así como así. Por tanto, hubo tres paracaídas en el aire: el del módulo de descenso, el del módulo de equipamiento y el de Yuri. Debido a los problemas de separación sobre África, el módulo de equipamiento caería bastante lejos.

A las 10:55, dos chicas adolescentes vieron aterrizar el módulo de descenso de la nave espacial Vostok-1. Lo contaron así: «Era una bola muy grande, como de dos o tres metros, con un paracaídas enorme. Cayó, rebotó y volvió a caer. Se hizo un agujero bastante grande donde había caído por primera vez…»

Yuri, cuyo paracaídas se ha abierto a 7.000 metros de altitud, es arrastrado por un viento suave hasta las orillas del Volga. Allí desciende, sobre unos campos de cultivo, y ve a una niña que señala hacia él, con su mamá y una vaca. Son las once y cinco, y la Humanidad ha entrado en la Era Espacial de la mano del Diseñador Jefe y el joven bajito del mono naranja que se llama Yuri Alekseyevich Gagarin. La mamá parece asustada, pero la niña –Rita– le mira con unos ojos enormes y llenos de fascinación.

–¡Mira, mamá! ¡Hay un señor que baja del cielo!

Y colorín colorado, este cuento no ha acabado y ya nunca terminará.

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¡Qué malo!Pschá.No está mal.Es bueno.¡¡¡Magnífico!!! (81 votos, media: 4,88 de 5)
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Reparando homosexuales, destruyendo personas

Cuando la ciencia deja de ser ciencia y hace concesiones a
los valores morales tradicionales, los tabús sexuales, las doctrinas religiosas
y los linchamientos sociales, nos acercamos rápidamente al borde del abismo.

Estatua de Alan Turing en Bletchley Park.

Monumento a Alan Turing (1912-1954), padre de la informática moderna, de la máquina de Turing, de los ordenadores de propósito universal y criptoanalista de la máquina Enigma. Fue empujado al suicidio por las brutales terapias contra la homosexualidad que le aplicaron como alternativa a la prisión.

¿Puede haber mala ciencia? Sí, claro: toda aquella que abandona el método científico para satisfacer los prejuicios, miedos, manías y deseos de determinados grupos sociales, políticos o religiosos. Ya te conté en Psiquiatría Delirante cómo la mala ciencia se usó para justificar y potenciar la esclavitud, el racismo, el colonialismo salvaje, la lobotomía, los abusos farmacológicos, el Ku Klux Klan y hasta el genocidio nazi; es que esto de la psiquiatría, la psicología y la neurología (y la antropología), por lo que tienen de estudio íntimo del ser humano, da mucho juego para hacer el animal en cuanto se salen del más estricto método científico. Hoy hablaremos de otra tendencia que ha gozado de diversas épocas de popularidad a lo largo de los últimos doscientos años: la reparación del personal sexualmente desviado o, si tal cosa no era posible, la supresión de su peligrosidad social; una de cuyas víctimas más notorias fue –naturalmente– Alan Turing, el padre de la informática moderna.

Sexualidades alternativas.

Este asunto de los gustos sexuales más allá del metesaca reproductivo básico ha sido materia delicada en todas las sociedades que ha creado la Humanidad; y su percepción y tratamiento, también. Para empezar, cada sociedad y tiempo ha tenido sus tabúes sexuales, con frecuencia distintos e incluso contradictorios. Los romanos, que tan exagerados eran en algunas cosas, sentían un profundo desprecio por algo tan normalito como el sexo oral: la irrumatio estaba sujeta a burla y ridículo, y la persona que chupaba –fellator o fellatrix– se consideraba humillada de manera vergonzosa; una actividad propia de prostitutas y esclavos (y esclavas, claro).

Por el contrario, un romano nunca habría entendido nuestro escándalo ante las relaciones sexuales con menores de edad, y seguramente se habría reído de nosotros. Bueno, un romano y toda cultura anterior al siglo XX, donde la edad reproductiva aceptada comenzaba de manera natural con el inicio de la pubertad y la edad a la que resultaba posible casarse era incluso anterior. De hecho, las leyes que determinan una edad mínima de consentimiento no empezaron a generalizarse hasta  finales del siglo XVII, y esta edad era de entre diez y doce años; y así siguió siéndolo hasta segunda mitad del siglo XIX, cuando comenzaron a subirla por razones relacionadas con el puritanismo y el victorianismo anglosajones. Este es el motivo de que la edad de consentimiento sea más elevada en los países tradicionalmente protestantes que en los tradicionalmente católicos (en España, por ejemplo, sigue siendo de 13 años, y en muchos estados mexicanos es incluso inferior de facto; los países musulmanes y asiáticos, por su parte, sólo han establecido limitaciones a raíz de esta influencia anglosajona). En todas las grandes culturas de la Antigüedad –Egipto, Mesopotamia, Grecia, Roma, China– la edad de los participantes en un acto sexual no era ni siquiera asunto de su interés, o al menos no lo bastante como para hablar de ello o codificarlo de ninguna manera. En realidad, se consideraba parte del metesaca reproductivo básico: «las muchachas echan tetas y comienzan a parir hijos, ¿cuál es la noticia?», nos habría preguntado cualquier súbdito o ciudadano de tiempos pasados.

Fresco erótico de las Termas Suburbanas de Pompeya

Un fresco en las Termas Suburbanas de Pompeya plasma un trío sexual donde un hombre sodomiza a otro mientras éste mantiene relaciones con una mujer (siglo I dC aprox.).

La naturaleza del acto sexual, en cambio, ha sido objeto de restricciones, limitaciones y tabúes a lo largo de casi toda la historia de la Humanidad. Y, de manera muy notable en Occidente, la homosexualidad masculina. La femenina, en cambio, no parecía ser tan importante: lo que hicieran las hembras entre parto y parto nunca llegó a convertirse en materia de estado. Es bastante conocida la actitud liberal e incluso positiva de los griegos ante el tema (incluyendo a los muy machotes espartanos), pero también las severas condenas plasmadas en el Antiguo Testamento bíblico contra los sodomitas (que los clérigos posteriores extendieron a la homosexualidad femenina, aunque no es eso lo que dice el texto original). Los romanos, más que nada, hacían chistes al respecto (los romanos eran unos cachondos, si bien unos cachondos bastante crueles); y el historiador británico Edward Gibbon (1737-1794) comentó que «de los quince primeros emperadores [romanos], Claudio fue el único cuyos gustos en el amor eran enteramente correctos«.

Antes –durante la República Romana– habían empezado a aparecer leyes, como la Lex Scantinia, prohibiendo la homosexualidad entre personas libres (los esclavos eran cosas, y por tanto podían ser utilizadas a discreción de cada cual); parece que el número de persecuciones efectivas en virtud de estas leyes fue muy reducido y eran más un arma arrojadiza política que otra cosa. En tiempos imperiales, habían perdido ya buena parte de su vigencia. Dicen que Nerón se casó con uno de sus esclavos (el primer registro de un matrimonio homosexual de la historia), consta que Heliogábalo hizo lo propio con otro esclavo que se llamaba Hierocles, Trajano se lo pasaba pipa con los chavales, Adriano hace leyenda con el guapísimo Antinoo y el tema estaba lo bastante normalizado como para representarse en espacios públicos; por ejemplo, en las termas suburbanas de Pompeya (donde aparece un trío bisexual y una escena lésbica).

A los egipcios antiguos, por su parte, el asunto no les resultaba de particular interés. Aunque apenas se conservan referencias al respecto, la primera pareja homosexual (o bisexual) conocida podrían ser los supervisores de la manicura real (estilistas, vaya, ¡qué raro!) Nianjjnum y Jnumhotep, según las imágenes presentes en su tumba común de Saqqara (aprox. 2.400 a.C.). Pero vaya, que parece que a los egipcios esto de la cosa gay les importaba también lo bastante poco como para ni siquiera hablar de ello (ni para relatarlo, ni para exaltarlo ni para condenarlo; o lo llevaban muy escondido o se les daba una higa).

Ocurre además que, en la mayoría de las culturas antiguas, las relaciones interpersonales que no determinasen linajes reales o aristocráticos (lo que las convertía en un asunto de estado) se consideraban eminentemente un asunto privado entre personas o familias donde nadie más tenía por qué meter el hocico. En Roma, por ejemplo, no existía una ceremonia civil específica a la que llamar boda o matrimonio; la manifestación pública de que una pareja vivía junta por mutuo consentimiento, o había intercambiado dotes, bastaba para considerarlos una nueva familia (aunque los ricos y poderosos organizaban grandes fiestas y rituales que están en la base de nuestra bodas modernas). Estaba la conferreatio, el manus, el usus, el coemptio y los distintos arreglos entre esclavos y entre esclavos y libres y entre ciudadanos y no-ciudadanos y el sursum corda. Vamos, que cada cual se lo montaba como quería y podía dentro de unas ciertas costumbres sociales generalmente admitidas. Marcial (40-104 dC), en sus Epigramas, nos habla de numerosas familias homosexuales; y Juvenal (60-128 dC) nos cuenta que acudir a una de estas fiestas para celebrar una unión homosexual se había convertido en cosa corriente.

Vaso Warren, Roma

La copa Warren (Roma, aprox. 5 - 15 dC) difícilmente puede ser más explícita. Pieza GR 1999.4-26.1, British Museum.

La persecución de la homosexualidad occidental.

En las religiones abrahámicas de las que emerge el cristianismo dominante en Occidente a partir de la caída de Roma, en cambio, todo esto está mucho más severamente reglamentado y restringido. Y la homosexualidad masculina, como ya sabemos, es el objeto de duras condenas:

Torah, Biblia y Hadith

Los libros sagrados de las religiones abrahámicas como la Torah judía, la Biblia cristiana y las Hadiz de los musulmanes contienen numerosas apelaciones a la persecución y muerte de las personas homosexuales por orden divina.

«Si alguien se acuesta con varón como con mujer, ambos han cometido abominación: morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos.»
–Levítico 20:13, en la Biblia.

El Nuevo Testamento cristiano no es mucho más comprensivo al respecto; el único cambio es que, bajo las leyes romanas, ya sólo pueden condenar a la gente al infierno:

«¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores ni los rapaces heredarán el Reino de Dios.
–Primera Epístola a los Corintios 6:9-10, en la Biblia.

Sobre esta base religiosa, la cultura occidental derivó hasta adquirir un carácter fuertemente homófobo a lo largo de los siguientes siglos. Con la cristianización y decadencia de Roma, la homosexualidad va siendo demonizada y termina por convertirse en un chivo expiatorio social sujeto a castigos brutales que comúnmente incluían la muerte –al estilo de aquellos tiempos, ya sabes–. Ya los tres primeros emperadores cristianos penalizaron virulentamente toda relación homosexual, lo que aparece recopilado así en el Código Teodosiano:

«Cuando un hombre se casa y está a punto de ofrecerse a sí mismo a los hombres a la manera de las mujeres, lo que él desea; cuando el sexo ha perdido todo su significado; cuando el crimen es uno del que no es beneficioso saber; cuando Venus es cambiada a otra forma; cuando el amor se busca y no se encuentra; [entonces] ordenamos que se alcen los estatutos, que las leyes se armen con una espada vengadora, que esas personas infames que ahora son culpables, o pronto lo serán, sean sujetas a pena exquisita.»
Codex Theodosianus, 9.7.3.

Te puedes imaginar que esto de la pena exquisita era, básicamente, cualquier forma horrenda de morir lentamente. Así desaparecían las uniones homosexuales legales durante los siguientes diecisiete siglos; y así se extinguía también toda posibilidad de mantener relaciones homosexuales al amparo de la ley cristiana. Los perpetradores (y sobre todo los pasivos) quedaban directamente condenados a la hoguera:

«Todas las personas que tienen la costumbre vergonzosa de condenar el cuerpo de un hombre, desempeñando la parte de una mujer para sufrimiento del sexo ajeno (pues no parece que sean diferentes a las mujeres), deben expiar un crimen de esta clase entre las llamas vengadoras a la vista del pueblo.»
Codex Theodosianus, 9.7.6.

Ejecución de homosexuales en Zurich.

El caballero suizo Von Hohenberg es quemado vivo junto a su escudero frente a las murallas de Zurich, en 1482. Ambos habían sido condenados por homosexualidad.

El emperador Justiniano (483-565), en sus Novellæ Constitutiones, comienza a convertir a los homosexuales en chivos expiatorios de todos los males que afectan al pueblo, igual que se hizo con los judíos y las brujas:

«Y puesto que sabemos que algunos hombres, en las cadenas del diablo, se dan de manera grandemente disoluta a cosas que son contrarias a la propia naturaleza […], dado que el hambre y los terremotos y las pestilencias están causados por estos pecados, les amonestamos para que se abstengan de los crímenes mencionados, para no perder sus almas. Y si hay algunos que perseveren en esta iniquidad tras esta nuestra amonestación, ellos mismos se han demostrado indignos de la clemencia de Dios […] y se les aplicará la pena de muerte.»
Novellæ Constitutiones, 77. Ver también la 141.

San Pedro Damián (1007-1072) cargó extensamente contra la homosexualidad y la masturbación en su Liber Gomorrhianus. La monja mística Hildegarda de Bingen (1098-1179) –canonizada de facto por Juan Pablo II y Benedicto XVI– aseguró que, según sus visiones, Dios en persona abominaba de la homosexualidad tanto masculina como femenina (en lo que constituye una de las primeras condenas expresas del lesbianismo). Por su parte, el reformador protestante Martín Lutero (1483-1546) dijo:

«El vicio de los sodomitas es de una enormidad sin parangón. Se aparta del deseo y la pasión naturales, plantados en la naturaleza por Dios, según los cuales el varón tiene un deseo pasional por la hembra. La sodomía persigue lo que es completamente contrario a la naturaleza. ¿De dónde viene esta perversión? Sin duda alguna, procede del diablo.»
–En Plass, E.M.: Lo que dice Lutero: una antología.

Se profundizaba así en una larguísima persecución que la Inquisición católica y las autoridades protestantes recogieron con gran afición durante toda la Edad Media y el Renacimiento. Cualquier persona sospechosa de cometer el llamado crimen contra natura o pecado nefando corría un riesgo cierto e inmediato de acabar en la hoguera, además de otros tormentos brutales fáciles de imaginar dadas sus características. Sólo en Sevilla, entre 1578 y 1616, fueron ejecutadas al menos cincuenta y cinco personas por esta razón, y un número muy superior resultaron condenadas a azotes y galeras. En los territorios protestantes, la homosexualidad se persiguió con aún mayor afán. Y en los territorios musulmanes sucede lo propio, más al calor de las Hadiz que del Corán, aunque al parecer de una manera menos obsesiva hasta el surgimiento y expansión del wahabismo a partir de mediados del siglo XIX (pues existe una literatura homoerótica árabe durante toda la Edad Media, a diferencia de lo que sucede en la Cristiandad, donde fue exterminada por completo).

Resulta imposible saber cuánta gente fue encarcelada, torturada y asesinada por homosexualidad durante este largo periodo, aunque con toda seguridad la cifra asciende a muchos miles y puede que algunos millones. Todo lo relacionado con la afectividad entre personas del mismo sexo, y especialmente entre hombres, fue demonizado en la mentalidad popular al mismo nivel que los judíos, los herejes o las brujas (y los cuatro conceptos fueron vinculados en el proceso). La caza del marica se convirtió en deporte habitual, con la aprobación de la sociedad y la complicidad de las autoridades.

Homofobia pseudocientífica.

La libertad guiando al pueblo, de Eugene Delacroix

La Revolución Francesa de 1789 marcó el principio del fin del Antiguo Régimen en Europa. En la imagen, La libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix (1830). En 1791, la Francia revolucionaria despenalizaba la homosexualidad por primera vez en Europa Occidental desde la caída del Imperio Romano.

La Ilustración, el Racionalismo y los cambios revolucionarios que terminaron con el Antiguo Régimen a lo largo de los siglos XVIII, XIX y XX comenzaron a acabar también con estas persecuciones brutales, pues los poderes religiosos que habían sido predominantes durante todo el periodo anterior se vieron ahora rechazados y expulsados de muchos ámbitos. Pero, si bien a esas alturas todo el mundo sabía ya que las brujas no eran más que pobres desgraciadas y que los herejes seguramente eran librepensadores, el antisemitismo y la homofobia no iban a desaparecer con tanta facilidad. La sociedad necesitaba nuevos argumentos para seguir odiando y despreciando a estos colectivos, y ahí estuvo la mala ciencia para proporcionárselos con una serie de conjeturas e hipótesis que violaban el método científico por todas partes pero las buenas gentes anhelaban tragarse con anzuelo, plomada y sedal. ¿Cómo íbamos a seguir manteniendo los valores familiares tradicionales racistas, clasistas, mojigatos, antisemitas y homófobos, si no?

Como suele ocurrir, el pecado, la violación de determinadas reglas morales y religiosas, fue convertida en enfermedad. Lentamente, las personas gays, lesbianas y bisexuales dejaron de ser pecadores para transformarse en enfermos. Eso, además, permitía mantener la criminalización de la homosexualidad en los países más tradicionalistas como materia de salud pública, moral social y protección de la juventud. Fue el psiquiatra austro-alemán Richard von Krafft-Ebing quien, en su famosa obra Psychopathia Sexualis (1886), caracterizó un gran número de desviaciones sexuales como enfermedades mentales.

Los razonamientos de Krafft-Ebing difícilmente pueden considerarse científicos: en esencia, está convencido por razones morales y religiosas de que el único fin de la sexualidad es la procreación, y por tanto todo lo que se salga de los mecanismos estrictamente necesarios para garantizarla son parafilias («desviaciones»). Por ejemplo, para Krafft-Ebing, la violación era un acto moralmente reprobable pero no una perversión sexual, puesto que podía dar lugar a un embarazo.

Obviamente, la homosexualidad masculina y femenina cayó de lleno en la telaraña psiquiátrica de Krafft-Ebing (que hoy en día sabemos que no sirve, esencialmente, para nada). No era la primera vez que la atracción por las personas del mismo sexo resultaba caracterizada como una forma de enfermedad mental, pero la enorme influencia de Psychopathia Sexualis convirtió este concepto en dogma científico-moral para todo psiquiatra, neurólogo o psicólogo de su tiempo, pasando rápidamente a la política, la religión y la sociedad porque les venía de lo más bien. Y si la homosexualidad era una enfermedad, entonces tenía pronóstico, diagnóstico y sobre todo tratamiento. Porque sí, porque todas las enfermedades los tienen; esta no iba a ser una excepción.

Homomonumento en Amsterdam

El Homomonumento de Amsterdam, en memoria de las personas homosexuales asesinadas por su condición. Hasta 15.000 seres humanos perecieron en los campos de exterminio nazis por preferir a las personas de su mismo sexo.

A su manera, los planteamientos de Krafft-Ebing fueron un avance para su tiempo. Por ejemplo, era firmemente contrario al uso de la castración y otros métodos quirúrgicos para combatir la enfermedad nefanda, favoreciendo el hipnotismo y otras técnicas blandas en su lugar. Ni siquiera fue partidario de encerrar a los homosexuales en manicomios, como empezó a ocurrir poco después. Durante los siguientes años se fueron generalizando diversas técnicas para erradicar esta enfermedad mental: la amputación del clítoris, los ovarios o el útero en las mujeres, la castración en los hombres, la vasectomía, la sección del nervio púbico y posteriormente la lobotomía a escala industrial que ya tratamos en el artículo anterior. Y si se hacía en la infancia, mejor, para coger la enfermedad a tiempo. A su manera, funcionaba, claro: cuando dejas a alguien castrado o convertido en un vegetal, lo más normal es que su perversión sexual mejore (al desaparecer el deseo sexual en su conjunto, obviamente). Por desgracia, estos tratamientos presentan algunos incómodos efectos secundarios: constituyen una fábrica de psicópatas peligrosos, antisociales y trastornados graves de toda especie, cuando no inválidos para toda la vida o directamente suicidas.

Los nazis, en su sempiterna búsqueda de soluciones simplonas a problemas complejos, afrontaron este problema de salud pública mediante su solución favorita: la eugenesia y el exterminio. Erradicado el enfermo se erradica la enfermedad o, en términos más castizos, muerto el perro se acabó la rabia. Con esta sencilla aplicación del sentido común, aproximadamente cincuenta mil homosexuales acabaron en las prisiones nazis y entre cinco y quince mil desaparecieron en los campos de exterminio. Sí, la mala ciencia, los prejuicios y el peor sentido común nos ponen a todos al borde del abismo.

En los países occidentales y en el entorno soviético prefirieron seguir avanzando en los tratamientos, con o sin internamiento. Una nueva generación de psiquiatras, psicólogos y neurólogos a ambos lados del Telón de Acero decidieron que eso de ir capando o lobotomizando a la gente por ahí era un atraso: ahora disponían de un potente arsenal farmacéutico para tratar el supuesto mal. Y se aplicaron a fondo, con las mejores técnicas neuropsiquiátricas de su época: electroshock, choque farmacológico, castración química, tratamientos hormonales, aplicación de toda clase de psicofármacos y por supuesto largas sesiones de psicoterapia sustentadas en la aceptación de la enfermedad y la mejora de la calidad de vida (pues ya iban dándose cuenta de que el tema no tenía cura, y es normal: no se puede curar lo que no es una enfermedad). El gran científico y padre de la informática moderna, Alan Turing, fue una de las víctimas de estas atrocidades (que frecuentemente se aplicaban por orden judicial o paterna, como una alternativa a la cárcel o el reformatorio); quizá Turing sea la cara más visible de los miles y probablemente millones de víctimas de todas estas supercherías que empujaban a la gente a la locura, la violencia, el aislamiento y el suicidio de manera sistemática y científica.

La terapia de reparación.

Técnica Ludovico, La naranja mecánica

Fotograma de La Naranja Mecánica (Stanley Kubrick, 1971), donde se muestra una representación cinematográfica de la terapia aversiva.

Ah, sí, y otro truqui que se la habría puesto dura al mismísimo Pavlov: la terapia aversiva. Siguiendo los principios fundamentales del condicionamiento clásico y de la escuela conductista, a algún genio se le ocurrió que si le arreas a alguien calambres eléctricos en los genitales u otras partes del cuerpo mientras lo expones al objeto de su deseo, a lo mejor –a lo mejor– le toma repelús y deja de desearlo. Y es que los conductistas son muy aficionados a brillanteces del tipo de curarte la fobia a las arañas exponiéndote a un nido de arañas, o el miedo a volar metiéndote en el asiento trasero de un avión acrobático (que no digo que no pueda llegar a funcionar en algunos casos, pero telita con la genialidad). Por supuesto, funciona mucho mejor con los niños porque se coge la enfermedad a tiempo, etcétera.

En fin: el caso es que toda una generación de conductistas y asimilados se pasaron algunas décadas metiéndoles descargas eléctricas a la gente (y con frecuencia a menores) una y otra vez para generarles aversión a las personas del mismo sexo. Este tratamiento, básicamente el experimento Ludovico de La naranja mecánica, se puede resumir fácilmente como una larga serie de crueles sesiones de tortura terapéutica para inducir temor, rechazo y paranoia ante todo lo vinculado con la misma (como, por ejemplo, fotos de personas de tu mismo sexo desnudas o en actitud erótica que te iban enseñando, y entonces, ¡zasca! Voltios a tutiplén.)

Esta técnica fue muy popular para regenerar desviados en las prisiones de diversas dictaduras recientes que mantuvieron o mantienen la criminalización de la homosexualidad; entre ellas, el franquismo, sobre todo en las prisiones de Badajoz y Huelva. Y también en clínicas privadas, de nuevo con preferencia a los niños y niñas raritos o sólo sexualmente curiosos. La cosa sigue así hasta 1973, cuando la homosexualidad es retirada del DSM norteamericano por falta de todo fundamento científico para seguir considerándola una enfermedad mental; en Europa, no desaparecerá por completo del CIE hasta 1992. La completa rehabilitación de Alan Turing por el Gobierno Británico y la petición de disculpas póstumas del entonces Primer Ministro Gordon Brown es, quizá, la mejor expresión del fin de estas supersticiones medievales en el mundo occidental:

«Si bien a Turing se le aplicó la ley de su tiempo y nosotros no podemos hacer que el reloj vuelva atrás, por supuesto su tratamiento fue absolutamente injusto, y me agrada tener la oportunidad de decir lo mucho que lamento y lamentamos lo que le ocurrió… Por tanto, en el nombre del Gobierno Británico y de todos aquellos que viven en libertad gracias al trabajo de Alan, me siento muy orgulloso de decir: lo sentimos mucho; merecías algo mucho mejor.»
–El Primer Ministro del Reino Unido, Gordon Brown, en declaración oficial (2009).

Aquí, por supuesto, aún no se ha disculpado nadie por nada.

Web católica homófoba

En pleno siglo XXI, páginas web de organizaciones religiosas que pretenden pasar por científicas (como esta de una autodenominada Asociación Médica Católica) siguen tratando de confundir al público con ideas patológicas sobre la homosexualidad que no se apoyan en ningún fundamento científico y son muy peligrosas para la salud mental de las personas. Constituyen la cara amable, moderna y pseudocientífica de una vieja superstición (clic para ampliar).

Pese a todos estos avances, a través del nuevo fundamentalismo religioso con piel de oveja pseudocientífica, algunas de estas técnicas para enderezar maricas y bolleras han llegado hasta nuestros días. Sobre todo en y desde los Estados Unidos, vagamente nucleadas en torno a la organización integrista NARTH, diversas clínicas mucho menos que científicas siguen ofertando la denominada terapia de reparación –también llamada terapia reparativa, terapia de reorientación sexual o terapia de conversión–. Las principales organizaciones científicas contemporáneas consideran esta terapia falsa, ineficaz,  muy peligrosa para la salud mental de las personas y carente de todo fundamento científico: una vez más, no se puede curar lo que no es ninguna enfermedad. Esto es así incluso cuando se renuncia a los métodos directos, pero se aplica manipulación mental mediante sesiones o cursos de pseudo-psicoterapia y autoayuda, como los patrocinados en España y Latinoamérica por distintas iglesias tanto católicas como protestantes. Quien lo intente, aunque sea de manera bienintencionada, terminará hiriendo y destruyendo a la persona con toda probabilidad.

(Convendría recordar aquí que, en la mayoría de países europeos contemporáneos, quien aplique semejantes tratamientos a una persona menor de edad es más que posible reo de maltrato y abuso infantil, y puede que hasta de abuso sexual de menores; por lo que cualquier persona de bien que tuviera conocimiento de algo semejante en su entorno debería ir a ponerlo en conocimiento del juzgado de guardia inmediatamente.)

Para empeorar las cosas, el nuevo fundamentalismo islámico en el mundo musulmán también ha hecho bandera de la persecución de la homosexualidad y los homosexuales, con numerosos encarcelamientos, torturas y ejecuciones en una extensa región del mundo. A veces parece que lo que llevamos de siglo XXI es un retroceso al siglo XI, la verdad.

Sin embargo, y pese a los errores pasados, la ciencia ha seguido aprendiendo y ahora sabe que las personas homosexuales no están enfermas; por fortuna, ya nadie podrá acogerse a un argumento científico para justificar sus prejuicios, su odio y su ignorancia. Y al hacerlo, no son las personas homosexuales quienes han sido rehabilitadas –pues no les debería haber hecho ninguna falta, si no hubiera sido por tanta injusticia–, sino la ciencia quien se ha rehabilitado a sí misma de una mancha vergonzosa mediante su mayor poder, el que la diferencia de todo dogma y superstición: la capacidad de reconocer sus propios errores, aprender de los mismos y contribuir decisivamente a la lucha humana por un mundo mejor.

Declaración de la Asociación Psiquiátrica Americana sobre las terapias de reorientación sexual.

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