Las tierras perdidas

Cuando ya había humanos en el mundo, hubo otras tierras, ahora desaparecidas.
Algún día, resurgirán.

Impresión artística de la Atlántida.

Impresión artística de la mítica Atlántida. La idea de los "continentes perdidos" con características mitológicas y civilizaciones idealizadas ha sido recurrente en la literatura. Si hubo "civiliizaciones antes de la civilización", no parece haber sobrevivido ningún rastro hasta el presente.

Todos hemos oído hablar de la Atlántida. Y puede que también de Lemuria, Mu y otros muchos continentes mitológicos con mayor o menor presunción de veracidad. Sin embargo, a tenor de todo lo que sabemos hoy en día sobre tectónica de placas, paleogeografía, paleoecología y demás, no parece muy probable que ninguno de ellos existiera realmente en tiempos recientes. Al menos, lo bastante recientes como para que hubiera gente por allí, alguien capaz de registrar su existencia. Nuestro planeta ha cambiado muchísimo a lo largo de sus 4.500 millones de años de historia y seguirá haciéndolo hasta que Sol se harte de hidrógeno y decida zampársenos a nosotros también. Pero lo hace muy despacio. En el medio millón de años que los homo sapiens llevamos bambando por aquí, los continentes y océanos apenas se han movido de donde están.

Y sin embargo, hubo otras tierras emergidas, muy probablemente ocupadas por nuestra especie en tiempos no demasiado lejanos. Varias fueron francamente grandes, tanto como lo que hoy en día ocupa el Mediterráneo entero. Algunas, desempeñaron con toda probabilidad papeles clave en nuestra historia sin los que ahora mismo seríamos muy distintos de como somos. Pero nada queda de ellas hoy en día. Al menos, nada que puedan ver nuestros ojos a plena luz del sol. Yacen, silenciosas y olvidadas, en las profundidades del mar. Son las tierras perdidas de la humanidad.

Los ciclos de glaciación y el caprichoso nivel del mar.

Ciclos glaciales de los últimos 650.000 años, evidenciados por la concentración de CO2 atmosférico. El nivel actual es superior a 380 ppm. Datos: ONRL, NOAA. (Clic para ampliar)

Ciclos glaciales de los últimos 650.000 años, evidenciados por la concentración de CO2 atmosférico. El nivel actual es superior a 380 ppm. Datos: ONRL, NOAA. (Clic para ampliar)

Al menos durante los últimos millones de años, la Tierra ha sufrido periodos constantes de glaciación seguidos por fases de descongelación. Actualmente estamos en una de estas fases de descongelación, más técnicamente llamadas periodos interglaciares, ahora potenciado hasta la locura por el calentamiento global provocado por los seres humanos. Nadie sabe muy bien qué leyes cósmicas o telúricas rigen la parte natural de estos ciclos, pero tenemos pruebas decisivas de su existencia, alcance y repetición, que viene a darse cada cien mil años aproximadamente.

En realidad, a periodos como el que vivimos ahora mismo los llamamos interglaciares porque no son lo habitual en nuestro planeta, al menos durante el Cuaternario –nuestra época geológica–. Lo habitual es la glaciación. La Tierra cuaternaria es un planeta algo más frío de lo que conocemos, cubierta por inmensos casquetes de hielo en sus polos; este ha sido su estado «normal» durante aproximadamente el 70% del tiempo, a lo largo de los últimos dos millones y medio de años como mínimo. Uno de esos polos, la Antártida, ha permanecido constantemente congelado a lo largo de todo este tiempo.

Durante estos prolongados periodos de glaciación, el nivel del mar global baja significativamente, hasta más de cien metros, incluso 120. La razón es sencilla: el agua se evapora de los océanos para acumularse en los polos bajo la forma de hielo, con lo que queda bloqueada allí y no puede regresar al mar. Y resulta que en la Tierra hay muchas zonas que se encuentran a menos de cien metros de profundidad bajo las aguas. Durante los periodos glaciales, estas regiones ahora submarinas quedan expuestas, por encima del nivel del mar. Y, como decía más arriba, algunas son francamente grandes. Tanto como subcontinentes enteros. Por ejemplo, el lugar perdido llamado Sundaland.

Sondalandia, el Mediterráneo tropical de los primeros humanos.

Sondalandia hoy y durante la última edad del hielo. (Clic para ampliar)

Sondalandia hoy y durante la última edad del hielo. En el gráfico no aparecen algunas islas de cierto tamaño que también debieron quedar emergidas durante el periodo. (Clic para ampliar)

Hoy en día, llamamos Sundalandia o Sondalandia (cutre-traducciones al castellano de Sundaland) a la extensa región de penínsulas, islas, islotes y atolones del Sudeste Asiático que rodea al Estrecho de la Sonda. Este estrecho fue enormemente estratégico durante una buena parte de la historia humana, y sólo recientemente ha sido reemplazado en su importancia por el cercano Estrecho de Malaca, el pórtico marítimo entre Europa y Asia que mantiene abierta y funcionando la aldea global (el Estrecho de Malaca es más profundo y permite el paso de buques más grandes).

En el presente, esta región está ocupada por los estados modernos de Tailandia, Indonesia, Malasia, Brunei, Camboya, Vietnam y  Filipinas, más la República Popular China a través de su presencia en algunas islas. Esto es, se corresponde a grandes rasgos con el Mar del Sur de China. Es una zona compleja, disputada y superpoblada con tantas esperanzas como problemas, a caballo entre el Primer, el Segundo y el Tercer Mundo. Para acabar de arreglarlo, se sospecha firmemente que algunas de estas aguas ocultan grandes bolsas submarinas de petróleo y gas natural, lo que no ayuda nada a atemperar los ánimos. Hay ya al menos una plataforma gasística operando allí y las broncas internacionales en torno a prospecciones y concesiones van y vienen cada poco tiempo, saldándose a menudo con la paralización de las actividades bajo la sempiterna amenaza de guerra. Son comunes las capturas de pesqueros y no tan pesqueros. No obstante, la última vez que corrió la sangre en serio fue en 1988, cuando China y Vietnam se liaron a tiros por un atolón de las islas Paracelso, situadas al norte de la región.

Pero en el pasado, toda esta Sondalandia estaba emergida del mar y formaba una gigantesca península o subcontinente que se extendía desde Bangkok y el actual delta del Mekong hasta más allá de Java y Borneo, más una buena porción de costas a lo largo de toda la cuenca. Muchos de los islotes, atolones y bajíos que ahora apenas asoman sobre el oleaje cuando baja la marea eran islas casi tan grandes como Creta y archipiélagos no muy distintos del Jónico.

La última vez que Sondalandia estuvo totalmente emergida de las aguas fue hace apenas quince o veinte mil años, a finales de la Glaciación de Würm, cuando ya había humanos de todas clases deambulando por allí. Dentro de un orden, uno puede dejar volar la imaginación ensoñando talasocracias y civilizaciones similares a las que surgirían en la cuenca del Mediterráneo diez mil años después… aunque desde luego, si las hubo, no hemos encontrado rastro alguno de su existencia. Quizás se encuentren ahora mismo sumergidas y olvidadas a cien metros bajo el mar. O, más probablemente, no.

Ciñéndonos a los hechos, parece difícilmente discutible que homo sapiens sapiens –nosotros– se expandió hacia Australia y el Pacífico a través de este subcontinente de Sonda, en el periodo que va desde los sesenta mil hasta los quince mil años antes del presente. Y, durante periodos glaciales anteriores, lo hicieron algunos otros antecesores nuestros como el homo erectus.

Los ríos de Sondalandia. (Clic para ampliar)

Los ríos arcaicos de Sondalandia. (Clic para ampliar)

Se debate el clima, flora y fauna exactos de Sondalandia. En general se cree que el clima próximo al ecuador durante los periodos glaciales era algo más frío y seco, o sea, más árido. Parece que pudo haber una extensa franja de sabana desde la actual Tailandia hasta casi Java, rodeada por pluviselva tropical a ambos lados y marismas de manglares en la costa. Esto de la franja de sabana es una idea sujeta a discusión en el seno de la comunidad científica. En todo caso, la tierra era –y es– arenosa y ácida, con lo que no pudo ser muy fértil; lo que los locales llaman actualmente kerangas, literalmente la tierra donde no crece el arroz. En estas kerangas suelen desarrollarse bosques de frondosas húmedas.

No obstante, Sondalandia estaba irrigada por varios grandes ríos, continuación de ríos presentes. El conjunto de los mismos se denomina el complejo fluvial de Molengraaff. Entre ellos se contaba el gigantesco río Siam, o sea, el Mekong y el Chao Phraya probablemente uniéndose con otros procedentes de Sumatra y la Península de Malaca para formar a continuación un inmenso delta que desembocaba al noreste de la actual isla Natuna Besar. Si su caudal fue la mitad de la suma de todos estos afluentes modernos, este paleo-río Siam habría llevado tanta agua dulce como el Volga, mucha más que el Indo o el Nilo, y fue uno de los ríos más largos del mundo. Otros ríos de la Sondalandia pleistocénica debieron ser el Molengraaff propiamente dicho (dos afluentes nacidos en el sur de Sumatra y Borneo para unirse y desembocar al sudeste de Natuna), uno corto siguiendo el trazado del Estrecho de la Sonda y otra densa red fluvial entre Java y Borneo.

La temperatura media en la región de la Sundalandia emergida sería unos 3ºC más fría que ahora y la precipitación, no muy superior a 1.000 mm anuales frente a los 2.000 o más actuales. Su área total pudo superar los 2.200.000 km2. La mayor parte se sumergió bajo las aguas hace más de diez mil años y no resurgirá hasta que entremos en una nueva Edad del Hielo.

Al sur de Sondalandia se encontraba otra importante plataforma emergida, llamada Suhalland (¿Suhalandia?), que unía las islas modernas de Australia y Nueva Guinea. Suhalandia fue, muy probablemente, un desierto árido.

Doggerlandia, la otra Tierra Media de Europa.

Mapa de Doggerlandia hacia finales del último máximo glacial (hace unos 10.000 años). No se representa la capa de hielo que cubría toda la parte norte.

Mapa de Doggerlandia hacia finales del último máximo glacial (hace unos 10.000 años). No se representa la capa de hielo que cubría toda la parte norte.

Saben los nativos desde tiempos de nuestros antepasados que hay un extenso, y rico, banco pesquero a poca profundidad situado entre las actuales Gran Bretaña, Holanda y Dinamarca. Lo llaman Banco Dogger (Dogger bank), por una palabra holandesa antigua que significa… eso, banco pesquero. :-D

Esta prominencia submarina, con unos 17.600 km2 de extensión, tiene menos de 40 metros de profundidad en todos sus puntos. Pero eso no es todo. El mar circundante, lo que ahora llamaríamos el Mar del Norte, no es mucho más hondo: tiene apenas 95 metros de profundidad media. Esto significa que cuando baja el nivel del agua durante los periodos glaciales, gran parte del Mar del Norte desaparece, Gran Bretaña se une a Irlanda y ambas se convierten en una península de la Europa continental a través de un extenso territorio emergido que en buena lógica suele llamarse Doggerland. En cañí podríamos bautizarlo como Doggerlandia. (Disculpadme, pero es que odio estas «traducciones forzosas» de cosas que, para empezar, jamás tuvieron nombre en español y algunas ni siquiera en ninguna lengua latina.)

La parte norte de Doggerlandia estaba cubierta por el casquete de hielo glacial. Sin embargo, el sur era una tundra parecida a la del norte de Rusia o Canadá actuales, muy probablemente poblada por los humanos europeos del Mesolítico: cromañón y neandertal (en varias ocasiones se han rescatado restos arqueológicos del fondo marino en este área). Había mamuts, dientes de sable y dos especies humanas que cazaban, recolectaban y pescaban por entre la nieve y el hielo, seguramente al estilo de los pueblos esquimales modernos. Estamos en pleno Pleistoceno. Al igual que ocurre con Sondalandia, el suelo debía ser muy arenoso, pobre y frágil, con lo que no es probable que surgiera ninguna clase de preagricultura (¡y eso sin contar el frío!). También había allí paleo-ríos, y especialmente una gran cuenca que unía el Támesis y el Rhin para desembocar un poco al sur del Canal de la Mancha moderno.

Doggerlandia pudo llegar a tener unos 250.000 km2 de extensión, aproximadamente la mitad que España, con una parte significativa tapada por los glaciares. Se cree que lo poco que iba quedando de ella para el 6.200 aC fue arrasado y sumergido por una serie de gigantescas inundaciones, tsunamis y corrimientos de tierra conocidos como los Corrimientos de Storegga, que separaron Gran Bretaña del continente europeo hasta hoy. Dado que tal cosa ocurrió ya casi en tiempos históricos, algunos opinan que bien podría ser este el origen de algunos de los muchos mitos de la gran inundación o diluvio universal. Claro que, en realidad, esto podría ser aplicable igual de bien a cualquier otro de estos territorios extensos sumergidos por el agua que estamos tratando en este post.

Beringia, el pasadizo intercontinental de la humanidad.

Pero la tierra perdida que seguramente representó un cambio más significativo para la humanidad fue el lugar ahora llamado Beringia.

La región ártica, con las tintas batimétricas corregidas para resaltar las tierras emergidas durante los periodos glaciales, incluyendo Beringia. En la inserción, detalle de la cobertura de hielo hace 18.000 años y en la actualidad. Mapas: IBCAO, NOAA. (Clic para ampliar)

La región ártica, con las tintas batimétricas corregidas para resaltar las tierras emergidas durante los periodos glaciales, incluyendo Beringia. En la inserción, detalle de la cobertura de hielo hace 18.000 años y en la actualidad. Mapas: IBCAO, NOAA. (Clic para ampliar)

Beringia, con indicación en verde de las tierras emergidas durante el último Máximo Glacial. (Clic para ampliar)

Beringia, con indicación en verde de las tierras emergidas durante el último Máximo Glacial. Estas tierras emergidas constituyeron un "puente" que pudo permitir a los pobladores siberianos desplazarse hacia América. (Clic para ampliar)

Como su nombre sugiere, Beringia se encontraba en el actual Estrecho de Bering, entre la Chukotka rusa y la Alaska estadounidense de hoy en día. Es decir, entre Eurafrasia y América, o el Viejo y el Nuevo Mundo, o como lo prefieras. Durante los tiempos humanos, antes de que hubiera navegación oceánica, el Estrecho de Bering ha constituído el único punto de contacto claro y –relativamente– sencillo con América. Existe la posibilidad de que se produjeran minúsculos contactos por otras vías, pero los estudios genéticos dejan meridianamente claro que todos los pobladores autóctonos de la América precolombina procedían de Siberia y entraron al Nuevo Mundo por el lugar que ahora lleva el nombre del danés al servicio de Rusia Vitus Bering.

Lo cual tiene su enjundia, porque esa no era la clase de migración que los humanos del Mesolítico pudieran emprender con facilidad. El Estrecho de Bering es un lugar maldito entre la tundra y el hielo, con un clima casi alienígena, donde incluso ahora vive muy poca gente. En pleno siglo XXI, la densidad de población de Chukotka es de apenas 0,07 habitantes por km2; dicho otra manera, unos 54.000 habitantes dispersos en un okrug casi tan grande como España e Italia juntas. La de Alaska, pese a incluir algunas zonas más meridionales y habitables, no llega a 0,5 habitantes/km2. Por comparar, la provincia menos poblada de España –Soria– tiene 9,2 habitantes/km2.

De un lugar tan inhóspito y deshabitado, ¿cómo surge una sociedad capaz de atravesar el mar en cantidades suficientes como para iniciar la colonización de un continente entero, contando tan solo con métodos paleolíticos? Bueno, pues porque no tuvieron que atravesar el mar.

Durante los periodos glaciales, una parte notable del Mar de Bering y otras costas circundantes salen a la superficie. Es un lugar infernal, pero un lugar infernal con tierra firme bajo los pies. Es decir, se convierte en una región emergida que los seres humanos podemos habitar de manera natural. De manera especialmente interesante, a pesar de hallarse tan al norte, las peculiaridades climáticas locales de la Beringia emergida permiten la aparición de un área libre de hielos en su parte central. Sigue siendo una tundra gélida, únicamente adecuada para mamuts lanudos, tigres de dientes de sable y esos bichejos duros de pelar que llaman homo sapiens: un espacio donde la gente puede más o menos vivir, cazar, desplazarse y, en suma, migrar.

La tundra de Chukotka en la actualidad (verano). El interior de Beringia podía ser un poco más árido, pero bastante parecido. (Clic para ampliar)

La tundra de Chukotka en la actualidad (verano). El interior de Beringia podía ser un poco más árido, pero bastante parecido. (Clic para ampliar)

Veámoslo con un poco más de detalle. Buena parte de Beringia estaba cubierta por las praderas de secano que se dan en la tundra. Esta especie de estepa apta para mamuts seguía muy hacia el oeste, hasta el sur de Europa y el Océano Atlántico. Y durante las edades del hielo, no se formaron glaciares en ella porque el clima era demasiado seco. De manera natural, los campos de hielo aparecían al borde de las costas en primer lugar. Pero entonces, la nieve y la lluvia tendían a caer en sus proximidades, creando así un apantallamiento que impedía el paso de las precipitaciones hacia el interior. En tales condiciones, no se pueden formar bosques. En su lugar aparece sólo hierba, aunque con grandes calveros. Pero es suficiente para que algunos herbívoros puedan sobrevivir. Y detrás de ellos, los cazadores y carroñeros. Como los humanos, por ejemplo.

El pasadizo de Beringia creó una especie de sistema de esclusas terrestres naturales para el avance de la humanidad hacia territorio americano. Conforme unas zonas se congelaban y otras se descongelaban, los habitantes de esta región (humanos, bisontes, mamuts y mastodontes) se habrían ido viendo empujados cada vez más y más hacia el sur, hasta adentrarse en la Costa Oeste, las Montañas Rocosas y las Grandes Praderas, lugares más amables desde donde las grandes migraciones transamericanas ya pudieron ocurrir.

Curiosamente, al norte y al sur de Beringia había zonas de aguas libres estacionales, durante el verano. El casquete polar de gran tamaño que cubre el Ártico durante los periodos glaciales tiende a concentrarse más al oeste, aproximadamente por el Mar de Barents, Mar de Kara y el Polo Norte geográfico. Esto hacía que los grandes ríos Obi y Yenisei quedaran embalsados en su desembocadura ártica, creando así el Lago Glacial de Siberia Occidental o Lago Mansiyskoye. Alguna hipótesis sugiere que hubo un gigantesco caudal circulando entre este Lago Mansiyskoye, el Mar Caspio (mucho más pequeño que hoy en día) y el Mar negro.

Hubo (y habrá, cuando llegue la próxima glaciación) otras tierras perdidas, pero ya de menor tamaño y relevancia. Por ejemplo, la actual Argentina se adentraba más en el Atlántico y su costa estaba más próxima a las Islas Malvinas (pero todo ello completamente cubierto por el hielo antártico). El Mar Rojo estaba cerrado casi por completo. El subcontinente indio, unido a Ceilán (Sri Lanka). Mallorca y Menorca se encontraban unidas, así como Córcega con Cerdeña. Buena parte de las Filipinas y algunas islas griegas, también.

El Mar de Azov no existía y el Mar Negro era completamente interior, con una extensión bastante menor que la actual; hay también alguna hipótesis sugiriendo que la reinundación del Mar Negro al avanzar el periodo interglacial presente estaría en el origen de las leyendas del diluvio universal, en vez de los corrimientos de Storegga indicados más arriba. La mayor parte del Báltico tampoco existía, pero da igual, porque se hallaba totalmente cubierto por el casquete de hielo. Japón estaba conectado al continente asiático por Corea y Sakhalin. El Mar de Okhotsk era mucho menor que en el presente.

Estas fueron las tierras perdidas, quizá en el origen de muchas leyendas posteriores, quizá no. Y, cuando la Tierra entre en otro periodo glacial, lo volverán a ser. Entre tanto, ya que estamos de vacaciones, podemos permitirnos el lujo de imaginar.

El mundo durante la última edad del hielo.

El mundo durante la última edad del hielo.

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El Gran Morir

En comparación, lo de los dinosaurios no pasó de broma pesada.
Hace 251,4 millones de años, algo mató al 96% de las especies marinas, al 70% de los vertebrados terrestres
y a una inmensa cantidad de insectos y plantas. Fue el Gran Morir, y aún no tenemos claro por qué.

Impresión artística de la vida a orillas de un río pérmico.

Impresión artística, científicamente rigurosa, de la vida a orillas de un río del Pérmico medio. Casi todo esto y muchas cosas más desaparecieron con el Gran Morir. (Clic para ampliar)

Si los gorgonópsidos hubieran tenido noticieros como los nuestros, seguramente habrían puesto la noticia al final, justo antes de los deportes. O a lo mejor ni siquiera eso. Los volcanes son muy espectaculares y quedan guapos en la tele, pero esto comenzó más bien como una suave erupción de lava en la costa nororiental de Pangea. Ellos no tenían ninguna manera de saberlo, y sin embargo estaban ante el inicio de las temibles escaleras siberianas, el principio del acto final en el mayor proceso de extinción que se ha visto en el planeta Tierra jamás y que acabaría con ellos también. Los humanos, que no aparecimos por aquí hasta doscientos cincuenta millones de años después, la llamamos la extinción supermasiva del Pérmico-Triásico (P-Tr). Más brevemente, la Gran Mortandad.

O el Gran Morir. Porque eso fue exactamente lo que pasó: muerte a una escala planetaria, sobrecogedora, general. Si mañana hiciéramos estallar a mala baba todo lo que guardamos en nuestros arsenales más devastadores y sofisticados, no provocaríamos (en principio) nada ni parecido; nos vendría justito para extinguirnos a nosotros mismos, algo no muy meritorio, y relativamente poco más. Puede que el invierno nuclear subsiguiente llegara a producir una pequeña extinción. En cambio, el Gran Morir aniquiló al 96% de las especies marinas, al 70% de los vertebrados terrestres y a tantas plantas e insectos que aún andamos contándolos, entre otras cosas porque apenas quedó rastro de todos ellos. Y matar a tanto insecto sí que tiene mérito: son los seres pluricelulares más resistentes que hay.

Acabó con seres tan ubicuos y resistentes como los trilobites, que llevaban aquí 270 millones de años y ocupaban prácticamente todos los nichos ecológicos marinos. Al menos una tercera parte de los insectos desaparecieron, especialmente aquellos tan grandes típicos del periodo anterior. No hubo más escorpiones marinos, que dominaban el océano. Los blastozoos se fueron también. Los helechos con semilla se extinguieron y a las gimnospermas les costó una buena temporada reaparecer. No se generó carbón durante el periodo, a diferencia de lo ocurrido característicamente en el Carbonífero precedente, lo que invita a pensar que la práctica totalidad de las plantas turberas cayeron. Hasta el 60% de todas las especies vivas dejaron de existir. Puso un gigantesco punto y aparte a la historia de la vida en el planeta Tierra, al menos por encima del nivel de las bacterias y archaeas; tanto es así, que consideramos que el Paleozoico con toda su vida primitiva termina ahí. La recuperación fue muy lenta: más de treinta millones de años.

Verdaderamente, la extinción supermasiva del Pérmico-Triásico fue el Gran Morir. Y, como suele ocurrir con la muerte, también el principio del Gran Vivir que permitió el surgimiento de las formas de vida avanzadas. Eso nos incluye, claro, a ti y a mí: una extinción nos abrió el camino y otra nos lo cerrará, a menos que aprendamos a impedirlo alguna vez.

Mapamundi a finales del Pérmico.

Mapamundi terrestre a finales del Pérmico, cuando sucedió el Gran Morir. Las escaleras siberianas entraron en erupción en la costa oriental de la región de aguas poco profundas situada justo al norte. Fuente: Dr. Ron Blakey, profesor emérito de geología en la Universidad de Arizona del Norte. (Clic para ampliar)

Del Pérmico.

El Pérmico recibe su nombre por la ciudad de Perm, situada en Rusia a caballo entre Europa y Asia, alrededor de la que se encuentran una gran cantidad de fósiles de aquellos tiempos (sobre todo en los Montes Urales). Fue un periodo geológico con una duración de casi cincuenta millones de años (comenzó aproximadamente hace 299 millones de años y terminó hace unos 250, precisamente con esta extinción) en el que ocurrieron un montón de cosas interesantes, como la evolución claramente diferenciada de los saurópsidos –que darían lugar a los reptiles, incluyendo a los dinosaurios y luego a las aves– y los sinápsidos –donde se originaron los mamíferos, o sea, nosotros–.

En tiempos pérmicos, la deriva continental estaba empujando a todos los continentes contra sí mismos hasta constituir uno solo: un supercontinente gigantesco donde se concentrarían casi todas las tierras emergidas del planeta Tierra, al que llamamos Pangea. Este supercontinente estaba –lógicamente– rodeado por un superocéano aún mayor, que bautizamos como Panthalassa. Para cuando sucedió el Gran Morir, una región insular separatista a la que llamamos Cimmeria había comenzado a desprenderse, desarrollando el Océano Paleo-Tetis; mientras que, al norte, Siberia terminaba de formar la Pangea una y grande precipitándose hacia el sur.

El clima pérmico varió significativamente a lo largo de tanto millón de años, desde las glaciaciones del Carbonífero final, que había provocado el colapso de la pluviselva tropical, hasta la dislocación térmica masiva que coincidió con la gran extinción. Pero la presencia de un supercontinente tan grande como Pangea hizo que se mantuvieran algunas tendencias a lo largo de todo el periodo. Por ejemplo, el clima del interior de Pangea tendía a ser supercontinental, con veranos muy calurosos, inviernos gélidos y pocas precipitaciones, lo que daba lugar a un entorno muy seco. Esto estaba matizado por fortísimos monzones, con lluvias muy intensas pero muy estacionales, más importantes cerca de las costas. Con gran probabilidad, los vientos debían ser bastante más fuertes que en la actualidad, debido a las elevadas diferencias térmicas entre el interior de Pangea y las costas y mares de Panthalassa.

Estratos de arenisca del límite Pérmico-Triásico fotografiados en Runcorn Hill, Reino Unido.

Estratos de arenisca del límite Pérmico-Triásico fotografiados en Runcorn Hill, Reino Unido. (Nueva ventana o pestaña para ampliar)

La presencia de oxígeno atmosférico, que había llegado al 35% a finales del Carbonífero, descendió durante todo el Pérmico y cuando ocurrió el Gran Morir era del 16%, un poco menor que la actual (20%); seguiría descendiendo hasta bien entrado el Triásico, llegando a caer hasta el 12%. Se sospecha seriamente que esta variación del oxígeno atmosférico está estrechamente relacionada con los complejos fenómenos planetarios que condujeron a la catástrofe, y que bien podían haberse puesto en marcha mucho tiempo atrás.

Un paisaje típico de Pangea a finales del Pérmico podría estar constituido por un bosque de coníferas, helechos con semillas y gimnospermas donde revoloteasen grandes blatópteros, libélulas o caballitos del diablo, sin mariposas ni aves. Tampoco había flores aún. Por entre el follaje medrarían seres como los gorgonópsidos, los dicinodontes o los primeros arcosauriformes que antecedieron a los dinosaurios. Al fondo, algunos de los grandes pareiasaurios herbívoros. Seguramente a esas alturas ya no quedaban dimetrodontes, pero sí batracosaurios y temnospónlidos. Debido al bajo nivel de oxígeno, respirar nos resultaría tan difícil como en lo alto de una gran montaña de hoy en día o cosa parecida; por lo demás, no hay ninguna razón por la que no pudiéramos sobrevivir en el lugar. Seguramente las bacterias y virus de aquel tiempo no nos afectarían, dado que no habrían tenido ocasión de co-evolucionar con nosotros. En cambio, sería de lo más razonable evitar a cualquier cosa capaz de tirar bocados, que no eran pocas.

Así era nuestra Tierra vieja cuando lentamente comenzó la catástrofe ecológica más grande de todos los tiempos. Al parecer hubo varios pulsos de extinción consecutivos a lo largo de los veinte millones de años anteriores que habrían dejado a la vida en un estado convaleciente relativamente frágil. Pero el Gran Morir se concentró sobre todo en el último, de aproximadamente un millón de años de duración o puede que incluso menos. De hecho, muchos animales pudieron desaparecer en apenas 10.000 – 60.000 años, con la mortandad disparándose masivamente a partir de un determinado instante radiodatado hace 251.400.000 años, teniendo en cuenta un margen de error de treinta milenios arriba o abajo. A las plantas les costó un poco más, unos pocos cientos de miles de años. Y parece que hubo varios sub-pulsos, separados 730.000 y 1.220.000 años entre sí. Pero todo apunta a que se trató de un evento súbito, una gran catástrofe repentina en términos geológicos. Y no hay muchas cosas que le puedan hacer semejante mal, tan deprisa, a algo tan feraz, tan absurdamente resistente como la vida.


Mapamundi de la deriva continental terrestre a lo largo de 800 millones de años (650 conocidos del pasado y 150 proyectados hacia el futuro).

La escalera siberiana.

Las escaleras siberianas en la actualidad.

Las escaleras siberianas en la actualidad. Foto: Mikhail Maksimov (Clic para ampliar)

Las hipótesis sobre las causas del Gran Morir son muchas y variadas, pero para ser admisibles, deberían explicar algunos de los fenómenos observados durante este proceso. Y en el Gran Morir se produjeron varios fenómenos muy singulares, que ninguna de ellas explica hoy por hoy en su totalidad.

El primero de estos fenómenos observados en los estratos geológicos del periodo es una notabilísima alteración de las proporciones globales entre los isótopos carbono-12 y carbono-13 (fuente 1, fuente 2, fuente 3). En algún caso, el descenso de carbono-13 con respecto al carbono-12 llega al 42 ‰. ¿Y esto qué significa? Bueno, resulta que como ocurre con todos los átomos, se presentan en la naturaleza con una determinada proporción entre sus distintos isótopos. El carbono-12 constituye el 98,93% del carbono presente en el medio ambiente terrestre, mientras que el carbono-13 representa el 1,07%. Sin embargo, los seres vivos tienden a fijar una proporción menor del isótopo 13, y cada ser vivo lo hace además en unas cantidades determinadas; estas variaciones constituyen la llamada firma isotópica. Pero también, de manera muy característica, la presencia masiva de este carbono extremadamente bajo en isótopo 13 resulta típica en las grandes erupciones volcánicas y ciertos depósitos de gases subterráneos con origen orgánico.

Extraer una conclusión directa de esta variación de las proporciones entre el carbono-13 y el carbono-12 sería muy aventurado, pero hay algo que indica con claridad: el ciclo del carbono terrestre quedó brutalmente alterado durante la extinción supermasiva del Pérmico-Triásico. Estas alteraciones del carbono-13 se puede medir en los estratos geológicos correspondientes a todas las extinciones, pero en el caso del Gran Morir resulta espectacular: es del 2,5 – 10 ‰ a nivel global y en algunos puntos llega hasta el 42 ‰.

Entonces, inevitablemente, todo el mundo mira en la dirección de otro fenómeno monumental sucedido exactamente en ese mismo momento. Hace 251 millones de años comenzaba una de las mayores erupciones volcánicas de la historia terrestre, en las orillas del continente ancestral que ahora forma parte de lo que llamamos Siberia. Como apunté al principio, no se trató de una gran explosión, sino de la efusión rápida de grandes cantidades de lava caliente y poco viscosa a lo largo del siguiente millón de años. Por las formas características que forma la lava al solidificarse en estos casos, que recuerdan a una escalera, se denominan con la palabra sueca trapp (que significa eso mismo). Y por eso a esta enorme erupción se la conoce en todo el mundo como siberian trapps (en ruso original: Сибирские траппы), que a veces se ve (erróneamente) traducido al castellano como trampas siberianas pero en realidad quiere decir escaleras siberianas.

Extensión de las escaleras siberianas en un mapa actual.

Extensión de las escaleras siberianas en un mapa actual. (Nueva ventana o pestaña para ampliar)

Las escaleras siberianas son una de las dos erupciones más grandes ocurridas en aguas poco profundas o en la superficie terrestre de las que queda alguna pista (las hubo mayores, pero ocurrieron en el fondo oceánico, lo que matiza sus efectos). Se estima que proyectó entre uno y cuatro millones de kilómetros cúbicos de lava basáltica, cubriendo unos siete millones de kilómetros cuadrados de terreno, más una cantidad aún indeterminada pero extraordinariamente grande de gases de efecto invernadero entre los que se encontraba el CO2. Para hacernos una idea, la erupción explosiva conocida más potente de todas las épocas (Guarapuava – Tamarana – Sarusas, durante las escaleras de Paraná y Etendeka, hace unos 130 millones de años) proyectó al exterior unos 8.600 km3 de material. Es decir: entre cien y cuatrocientas cincuenta veces menos.

Digámoslo: es imposible pensar en una gran extinción, con un descenso acusado del carbono-13, y no pensar instantáneamente en una de las mayores erupciones de la historia de la Tierra que sucedía en ese mismo momento exacto. Sin embargo, tenemos un problema, y es que ni siquiera esa inmensa erupción basta para explicar una caída tan grande en el isótopo carbono-13, por varios órdenes de magnitud.

Casi con total seguridad, ambos fenómenos tienen que estar relacionados de algún modo. Sería una casualidad extraordinaria, absurda, si la mayor extinción de la historia de la Tierra coincide exactamente en el tiempo con una de las mayores erupciones volcánicas conocidas y ambos hechos no tuvieran vínculo alguno. Pero no es suficiente. Hace falta algo más, algo mucho mayor para explicar lo que ocurrió.

Avalancha de eventos a nivel de extinción.

Extinciones durante los últimos 542 millones de años.

Extinciones durante los últimos 542 millones de años, representadas como el porcentaje de géneros de un determinado periodo que no se encuentra en el registro geológico del siguiente. Puede observarse cómo el Gran Morir (P-Tr) destaca nítidamente sobre todas las demás.

Otra de las ideas que vienen inmediatamente a la cabeza, sobre todo desde que sabemos que a los dinosaurios se los cargó un meteorito, es que el Gran Morir fuera causado por otro de estos objetos que caen de los cielos. El problema es que no hay ningún indicio claro al respecto, y de manera muy específica no hay una capa de material de origen extraterrestre (como el iridio presente en el de los dinosaurios) en el estrato de la extinción supermasiva del Pérmico-Triásico. En ausencia de esta clase de evidencia, la hipótesis meteorítica para el Gran Morir no pasa de suposición o conjetura.

En estos momentos se postula un fenómeno en avalancha, que seguramente resultó activado por la erupción de las escaleras siberianas, pero que se amplificó enormemente debido a otros fenómenos. El primero de estos fenómenos, como ya hemos comentado, es que la vida terrestre estaba un tanto convaleciente de las miniextinciones precedentes y bajo presión por el constante descenso del oxígeno atmosférico a lo largo de todo el Pérmico. El segundo fue la formación del supercontienente Pangea, en el mismo periodo, que al concentrar las tierras emergidas en un solo lugar redujo la extensión y diversidad de las aguas poco profundas, que son las mejores para la vida. El tercero estaría relacionado con el punto exacto de erupción de las escaleras siberianas: en tierra, cerca de grandes depósitos de carbón y también de clatratos de hidratos de metano fijados al suelo.

Así, la lava basáltica producida en la gran erupción de las escaleras siberianas habría incendiado este carbón, emitiendo grandes cantidades de CO2 a la atmósfera. Pero no sólo eso: también habría liberado los hidratos de metano como un fusil de clatratos (ver también aquí). Este fenómeno –que, por cierto, podría estar repitiéndose ahora mismo– sí bastaría para explicar el enorme incremento de carbono pobre en isótopo 13 registrado durante el Gran Morir. También puede liberar, de una manera análoga, cantidades significativas del muy tóxico sulfuro de hidrógeno. Tanto el metano como el sulfuro de hidrógeno son potentes gases de efecto invernadero, con lo que la temperatura terrestre habría comenzado a ascender significativamente.

Listrosaurio

Animales como el Listrosaurio sobrevivieron al Gran Morir y sus descendientes evolutivos, también a la extinción de los dinosaurios. De ellos surgieron los mamíferos modernos, como tú y yo, por ejemplo.

La liberación del metano presente en los clatratos, además, puede tener otro efecto devastador para la vida cuando se produce en aguas relativamente poco profundas. Al burbujear a través del agua, le roba el oxígeno, produciendo anoxia oceánica que el incremento de la temperatura ocasionado por el calentamiento global empeora aún más (y que también ha sido medida en los estratos del Gran Morir). Así, lo que tendríamos en marcha es una especie de máquina natural de eventos a nivel de extinción que se retroalimenta a sí misma sin parar. Pudieron producirse otros sucesos paralelos más.

Estos modelo de causas múltiples y orígenes distintos pero encadenadas en torno a un elemento común, que se suelen llamar modelos del asesinato en el Orient Express, son los que probablemente expliquen mejor un fenómeno tan complejo y tan enorme como el Gran Morir. Ningún agente reconocible en ese momento y lugar pudo causar semejante mortandad por sí solo y tan rápidamente; en cambio, una sucesión de causas-efectos concatenados sí habría sido capaz. De esa forma, un fenómeno insuficiente pero poderoso –como la erupción de las escaleras siberianas– disparándose en el contexto adecuado habría puesto en marcha una máquina de la extinción a escala planetaria que sólo se detuvo cuando alcanzó un nuevo punto de estabilidad, un millón y pico de años después.

Aunque ya tenemos datos muy sólidos, el mecanismo exacto que es capaz de matar a tanta vida aún se nos escapa. Sin embargo, el registro fósil no deja lugar a dudas: a lo largo de la historia de la vida, algo –o, más probablemente, varios algos distintos– fue capaz de provocar grandes catástrofes ecológicas que se realimentaron a sí mismas hasta exterminar a órdenes de la vida enteros. Desde mi punto de vista, las enseñanzas son (al menos) dos. Una, que no comprendiendo bien cómo sucedieron pero sabiendo que un suceso relativamente menor y lento puede activar un mecanismo aniquilador mucho más grande y veloz, resulta arriesgadísimo apostar a que algo –algo que hagamos, por ejemplo– será incapaz de poner en marcha un proceso así. Y la otra, que de la muerte siempre surge la vida, una y otra vez, y seguirá haciéndolo mientras este planeta siga orbitando en torno a un Sol mínimamente estable; algo más profundo de lo que a primera vista pueda parecer.

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